La Muñeca

Cuenta la historia, que Franz Kafka, se encontró con una niña en el parque al que iba a caminar todos los días.
Ella estaba llorando, había perdido a su muñeca y estaba desolada.
Kafka se ofreció a ayudar a buscar a la muñeca y se dispuso a reunirse con ella al día siguiente en el mismo lugar.
Incapaz de encontrar a la muñeca compuso una carta “escrita” por la muñeca y se la leyó cuando se reencontraron:
– “Por favor no me llores, he salido de viaje para ver el mundo. Te voy a escribir sobre mis aventuras …“- Este fue el comienzo de muchas cartas.
Cuando él y la niña se reunían, él le leía estas cartas cuidadosamente compuestas de aventuras imaginarias sobre la querida muñeca . La niña fue consolada. Cuando las reuniones llegaron a su fin, Kafka le regaló una muñeca. Ella obviamente se veía diferente de la muñeca original . Una carta adjunta explicó:
-” ‘mis viajes me han cambiado … “ –
Muchos años más tarde, la chica ahora crecida, encontró una carta metida en una grieta desapercibida dentro de la muñeca .
En resumen, decía: -” Cada cosa que amas, es muy probable que la pierdas, pero al final, el AMOR volverá de una forma diferente“

 

Un réquiem al diálogo perdido

Clarín   26 Jul 2015

por Alberto Amato  alberamato@gmail.com

La pasión siempre es maravillosa. Lo malo es que ahora hay pasiones que matan a la pasión. Entre las más nuevas, sobresale en el nativo de estas playas la de arruinar el diálogo, el intercambio generoso que surge de dos pensamientos en pugna.

Las estrategias para abolir el diálogo son variadas. Una consiste en desviar adrede el argumento del otro. Usted dice que le gustan las naranjas; el otro responderá: “¿Qué tenés en contra de los limones?”. Otra estrategia fuerza el mal entendido, para obligarlo a usted a aclarar lo obvio. Otra variante, de mucho éxito, radica en apropiarse de un argumento suyo e introducirlo luego en la charla como propio. Los asesinos del diálogo no reparan en métodos.

Es probable que usted vea que el prójimo presta enorme atención a sus argumentos. No se engañe: está pensando en qué responderle, a usted ni lo escucha. Otro ardid de suma eficacia hace que el otro interprete lo que usted acaba de decir y lo haga responsable de esa interpretación. Usted murmura: “Tiempo loco, ¿no?” Y el otro: “Le adjudicás a la locura un aura temporal ajena a su condición …” Pará, campeón. Hemos permutado la pasión por dialogar por la de hostilizar al otro. Hemos enraizado una especie de falta de respeto al respeto que no era una de nuestras condiciones de vida. El diálogo se ha tornado temor; el intercambio, en un pantano peligroso, el prójimo es un enemigo: las bestias celebran. Dos cosas permanecen inmunes. La primera: nada es eterno. La segunda: hablando, se entiende la gente.

 

Gardel, nombre que ya es adjetivo

Clarín   25 Jul 2015

Juan Bedoian   jbedoian@clarin.com

El Museo Casa Carlos Gardel es una de las moradas más fabulosamente grandes de Buenos Aires. Además de objetos y documentación de época, allí entra el significado interno del universo y de la vida humana: o sea, un mito. En una época en que el significado de mito está algo bastardeado (“el mítico baterista de la banda equis”, se lee por ahí), la figura de Gardel sí acepta todas las cualidades de lo que se entiende auténticamente como mito: la proyección simbólica de los valores de un pueblo, la representación dramática de nuestra vida instintiva más profunda y el atributo de la inmortalidad.

Gardel, como todos los mitos y más allá de los aniversarios anecdóticos (80 años de su muerte), es un individuo emancipado de la historia, despojado de ascendencia, no corrupto por las habituales herencias de familia y raza. ¿Cuántos personajes tenemos en la Argentina que escapan de esa complejidad que supone el héroe caído trágicamente, que elu- den la dramática decadencia de los comunes mortales? ¿Eva Perón, el Che Guevara?

El destino se encargó de estrellar literalmente en el piso de Medellín a Gardel; esa caída, que podría haber sido la piedra más oscura del edificio que edificó su fama, el ocaso del héroe del Nuevo Mundo que triunfa en Hollywood, produce un efecto contrario: lo suspende en el inconfundible tiempo cíclico, libre de defectos; lo lanza para siempre a un tiempo sagrado y emotivo que se actualiza periódicamente con sus canciones o esa imborrable sonrisa. Y transforma su nombre en un adjetivo supremo: soy Gardel.

 

La religión de poner apodos

Clarín   27 Jul 2015

Esteban Mikkelsen Jensen      emikkelsenjensen@clarin.com

Poner apodos es como elegir el nombre para un hijo, una religión, o una forma sublimada de pasión. Algunos se resuelven por el aspecto físico, como “Flaco”, “Gordo”, “Narigón”, “Panza”, “Negro”. Otros derivan del nombre: “Maxi”, “Tavo”, “Rolo”, “Quique”, “Vicky”, “Guada”, “Cata”. Los que abundan, y por un razón extraña tienen un éxito singular, son los que llevan la Ch: “Micho”, “Chicho”, “Chela”, “Lucho”, “Pucho”, “Chacho”, “Pachi”, “Gachi”, “Pocha”, “Mecha”, “Pichi” ... Y si sos futbolista y no te etiquetan, poné un quiosco porque al Barcelona no vas a llegar. Del ayer, “Chancha” Rinaldi, “Búfalo” Funes, “Carucha” Müller, “Bruja” Verón. Del hoy, “Pulga” Messi, “Kun” Agüero, “Discoteca” Núñez (podrán imitarlo, igualarlo jamás). Y hay más: hoy está tan instalado que hasta en Europa los jugadores, en su dorsal, llevan el sobrenombre y no el apellido

Hay muchas personas a las que nadie identifica por cómo se llaman (se excluyen insultos). Y los segundos nombres a veces no existen. Están ahí, pero no se usan. Hasta se ocultan, como si fuese un delito. Lo peor es que nos lo echan en cara seguido, en un consultorio médico, al hacer un trámite o cuando llama algún cargoso representante de un banco para ofrecer una cuenta con más beneficios que en Suiza. Que te llamen por un nombre que no usás es tan extraño como ir a un boliche y tomar agua mineral. Y si sos rubio y de ojos celestes, te dicen “Gringo”, “Vikingo”, “Danés”, “Ruso”, hasta “Polaco”. Pero si en tu casa te llaman “Bobby”, no te amilanes, seguí lavando los platos que vas a llegar lejos.

 

Ese faro que ilumina la vida

Clarín    28 Jul 2015

Fernando Sendra     fernandosendra@clarin

Pasión. Eso que nos hace amar lo que otros apenas gustan o soportan. ¿Cuánta pasión puede caber en una ecuación, en una novela, en una vida dedicada a la pintura, a la física, a la arqueología, a la familia?

Pasión es ordenar la vida para que eso que nos enamora siempre quepa. Pasión es priorizar siempre esa entidad que nos subyuga. Pasión es saber que sin eso somos gente que duerme, sin soñar; que permanece, sin vivir.

Pero pasión no es fanatismo, porque la pasión es un fuego que calienta. El fanatismo, quema. Aquella nos hará crecer, porque es dinámica y cuestiona; en ella hay amor, deleite, apego. El otro, es estático: para el fanático su razón es la única, y el odio al diferente será su consecuencia.

Bienvenida la pasión, porque será el motor que nos lleve a conseguir lo que anhelamos y aún en el fracaso sabremos que hemos hecho lo posible. Bienvenida la pasión porque será nuestra brújula en las cumbres y en los valles; y por fin bienvenida, porque en ella encontraremos nuestra esencia. Y debemos ser capaces de hacerla tan nuestra que podamos enriquecerla, modificarla, e incluso abandonarla.

Y ahora, Pasión, a vos te hablo: te debo todo lo que soy, lo que no fui, lo que me queda por terminar, las certezas y las dudas. Sos la luz, el faro, sos mi yo, antes que yo mismo me inventara. Fuiste mi esperanza, cuando no la había; mi compañía, cuando nadie estaba; mi certidumbre, cuando nada encajaba.

Por eso, Pasión, te lo suplico, no me abandones y, sobre todo, nunca te vuelvas fanatismo.

 

Recreos top de los porteños

Pasiones argentinas

www.clarin.com    29.07.2015 

Hernán Firpo   hfirpo@clarin.com

Habría que entenderlo así: el maratón es un síntoma. Nótese que es un deporte de la mediana y –por qué no– de la tercera edad: no hay niños ni adolescentes que lo practiquen. Tenga a bien observar que se ha transformado en un recreo oficial de la Ciudad. Que sábado o domingo por medio –exagerar es comprender– se interrumpe el tránsito de alguna avenida importante y cientos, miles de oficinistas compiten para ver quién aguanta más, como si se tratase de una pasión masoquista.
El maratón surge de una tragedia. Es un mito que se sostuvo por la proeza de un soldado griego que (re) corrió 37 kilómetros desde Maratón hasta Atenas para anunciar una victoria. El tipo llegó, informó lo que tenía que informar y, cansado por demás, murió. De ese drama hicieron un deporte que hoy incluye bibliografía, runners y colores flúo. Los colores vivaces de los uniformes sirven para ocultar la inmolación de aquel soldado fatigado.
Correr en feriado. El tiempo es oro. ¿El capitalismo gana siempre? ¿Siempre tiene su Caballo de Troya? Es muy posible que la gente que sale a correr tenga en su casa una bicicleta para practicar el pedaleo. Esta disciplina creció mucho y también es considerada deporte oficial. Con humos de medio de transporte, los ciclistas usan cascos porque quieren tener los derechos y las obligaciones del motoquero promedio. Entre los derechos se atribuyen la posibilidad de casi nunca respetar los semáforos. Conocemos estadísticas de accidentes de motos. ¿Qué se sabe de los ciclistas infractores heridos en combate?

 

Lección de Karma

Cuando un pájaro está vivo, se come a las hormigas. Cuando el pájaro está muerto, las hormigas se lo come a él.

El tiempo y las circunstancias pueden cambiar en cualquier momento. No subestimes o lastimes a nadie en la vida.

Puede que hoy seas poderoso, pero recuerda que el tiempo es más poderoso que tú.

Se necesita s´lo un árbol para hacer un millón de cerillos y sólo un cerillo para quemar un millón de árboles

Se bueno y haz el bien

 

Risa y llanto

Un sabio se paró ante un público, contó un chiste y todos se rieron. Al cabo de un rato contó el mismo chiste y casi nadie se rió.

Contó el chiste una y otra vez hasta que nadie se reía . . .

Y dijo . . .  si no puedes reírte varias veces de una sola cosa . . . porqué lloras por lo mismo una y otra vez.

 

De los tiempos de Ñaupa

Clarín   30 Jul 2015

Laura Haimovichi    lhaimovichi@clarin.com

Con mucho gusto y fina voluntad, y si no se lo toma a la chacota ni se ríe a lo pavote, voy a contarle cómo se hablaba en los tiempos de Ñaupa (tiempos tan antiguos que registran más añoranzas que pasiones) sin hacerme la pizpireta ni darle demasiado chamuyo. No le voy a cobrar un solo morlaco y espero que me pesque aunque no le dore la píldora. No, no lo estoy cachando, pero tampoco se engrupa. ¿Piensa que estoy colifata? Por favor: no sea babieca. Si no le satisface, lo guarda en cualquier armatoste o mamotreto. Al fin y al cabo, en el onomástico no siempre se reciben obsequios finolis. Pero antes, présteme atención sin que haga falta que se emperifolle y menos que se transforme en un traga.

Esta es una excelente bicoca, así que no haga mucho bochinche. Escribo para los cosos y las cosas, los alfeñiques y los que tienen busarda, las cachondas, los nenes de mamá y los cusifai. No se ponga quisquilloso que no está para el soponcio. Pero si quiere estar en la po- mada y no quedar virola ni volverse lunático, póngase unos buenos tamangos y los mejores lompas y váyase a otro jolgorio a escuchar un longplay, aunque sea en un sucucho. Pensará que estoy medio jovata, pero la estoy pasando de rechupete, sopenco. Tal vez no tenga gollete y todo sea en balde, pero me doy el gusto con este berretín sin hacer demasiado despiplume. Y esto va en homenaje al mequetrefe que aunque parece un carcamán no es ningún badulaque. Sé que algunos por hache o por be no van a entender ni jota. ¡Caray! No los voy a relojear y espero que no se lo tomen para el churrete. Quevachaché.

 

La lucha eterna de vencer al odio

Clarín   31 Jul 2015

Alberto Amato   alberamato@gmail.com

El mundo no se cansa de darnos ejemplos de civilización y señales que nos dicen que el odio no pasará. Quienes debieran tomar nota de algo tan hondo y sencillo, más bien afilen los lápices.

La noticia dice que dos mil trescientos atletas judíos de toda Europa competirán desde mañana y hasta el 5 en los Juegos Macabeos, algo así como los Juegos Olímpicos judíos, una fiesta deportiva tradicional.

Este año, y aquí lo singular, los juegos se celebran en Berlín que, entre 1920 y 1945, cobijó al régimen nazi que se propuso exterminar a los judíos de Europa y asesinó a más de seis millones, junto a gitanos, homosexuales, opositores políticos y demás gente considerada indeseable por Adolf Hitler y sus secuaces.

Nada de todo eso pudo ser posible sin una sociedad que se rindió ante el nazismo como antes se había rendido ante Bach, Goethe o Beethoven, pero que ha revisado su pasado con madurez y sin necesidad de reescribirlo.

Los Juegos Macabeos se van a celebrar en el mismo estadio donde, en 1936, Hitler presidió los Juegos Olímpicos de ese año; del que se fue furioso porque el negro Jesse Owens derrotó a los supuestos invencibles atletas arios y de donde fueron excluidos los deportistas alemanes judíos que, o bien se exiliaron, o terminaron asesinados en los campos nazis de concentración.

Setenta años pasaron desde el final de la guerra. Es mucho tiempo para que recién ahora se cierre un círculo abierto en una pasión humana: el deporte. Pero nunca es tarde cuando se trata de vencer al odio. Nunca.

 

Todo cabe en la infinita noche

Clarín   2 Aug 2015

Juan Bedoian    jbedoian@clarin.com

Según cavila cierta gente mayor, la noche puede ser el escenario de la inseguridad y la violencia pregonadas por las noticias. Según piensan muchos jóvenes, la noche puede ser magnífica porque allí circula la pasión y se perciben, diáfanos, los latidos de la vida. Los unos se detienen en las sombras, en la inquietud; los otros, en el boliche vertiginoso, la luminosidad de una reunión con amigos/as o en el resplandor que producen los primeros besos.

O sea: el valor de la noche se mide por los años vividos, por el contexto, por la calidad de las almas que te acompañan y por lo que pasa por tu cabeza. Si eso fuera así, la noche es infinita. Es el tiempo sin tráfico infernal, sin el ruido estridente del mediodía, sin las presurosas obligaciones: sólo a esa hora se sabe lo que es la calma. De noche, una luna brillante acaso puede mostrarte más profundamente el interior de las cosas que la luz del día, e inclu- so puedes imaginar que se deposita sobre los árboles y los dibuja con figuras caprichosas.

Todo es distinto a la noche: las luces intermitentes de los carteles hacen guiños cómplices, en las ciudades; y el rumor de la naturaleza tiene una categoría diferente, en el campo. A esa hora, junto a los jóvenes de risa franca, también circulan algunos canallas, mujeres fáciles, el fantasma de la inseguridad.

La noche es propicia a los pecados y a la dignidad de los que van a sus trabajos nocturnos. La maldad, la bondad, la belleza, la alegría y el miedo, todo eso cabe en las horas de la noche: las instantáneas de lo inesperado.

 

Rituales de la hermandad

Clarín    4 Aug 2015

Patricia Kolesnicov pkolesnicov@clarin.com

Al final, siempre nos comemos un bocata. No es que lo hagan especialmente rico en el aeropuerto de Barcelona: una especie de flautita, incluso un poco más corta que lo habitual, jamón crudo siempre bueno, no mucho más. Ya es una ceremonia: después del check in y antes de Migraciones mi hermana compra el sándwich y un par de gaseo- sas light, lo partimos y hablamos de cualquier cosa. Lo que empezó como un intento de ignorar la despedida inminente con un rato más de normalidad, ahora la anuncia.

Hasta unos minutos antes nos llevaba toda la atención otro asunto, el peso de mi -siempre enorme- valija y si pasa o no pasa: formas de mandar la angustia por la colectora. Pero pasa -siempre pasa- y acá estamos masticando el bocata. Después, mi hermana me compra un café para la espera, nos damos ese abrazo atragantado y listo: ella se queda en Europa, en su casa, allá; yo vuelvo.

Del otro lado de Migraciones me meto en las tiendas de ropa, me pruebo todo, casi siempre me compro algo muy colorinche sin dejar de estar atenta a los anuncios, al vuelo que se va a cancelar y en el probador me pregunto si enseguida, cuando la llame para que vuelva a buscarme porque tenemos 12, 24 horas más, mi hermana -los hermanos sean unidos, pienso, sean unidos- no estará ya manejando por la autopista y ahí no va a atender, entonces voy a tener que cargar mi valijota en el bus que para en el aeropuerto y me deja en la esquina de su casa. Lo que viene es “su atención por favor” ... “pasta o poio”. Aduana, y así es nuestra vida.

 

La infidelidad cotiza en baja

Clarín   5 Aug 2015

Hernán Firpo    hfirpo@clarin.com

Ahora que el Código Civil le bajó el precio a la infidelidad, es muy probable que el adulterio deje de ser interesante. Legalizar tabúes también es una transgresión. Las políticas prohibicionistas que nos regalaban anécdotas, ahora perderán sentido. Sublevarse será continuar el precepto más aburrido del General: de casa al trabajo y del trabajo a casa. O sea: llegar temprano al hogar como la próxima pasión épica del primate que habla.

Si ser infiel no tiene riesgos patrimoniales y desaparecen las culpas como causal de divorcio, el deseo cesará por completo. Quién sabe, el día de mañana, seamos rebeldes aceptando la liturgia matrimonial así en la salud como en la enfermedad. Y hasta que la muerte nos separe. ¿Se viene una contracultura con sexo únicamente en pareja? ¿Dónde quedará la próxima mitología pagana? ¿Qué será para el hombre de a pene -y la mujer de a pie- estar fuera de los límites? ¿Será continuar tatuándose hasta desaparecer por completo?

La nueva legislación pone en riego la necesidad del rumor. Los alcances de lo permitido pueden ser fulminantes para revistas como Paparazzi que, Pronto, tendrán en exclusiva la escandalosa legalidad de un ex infiel.

Y revisar el celular del otro será un plomo. Practicar la infidelidad a la vieja usanza nos transformará en melancólicos del “todo tiempo pasado fue mejor”. En cinco años se acabarán las novelas con amantes y, con ellas, unos cuantos thrillers románticos. La telenovelas perderán la brújula. Rial será sólo una pieza del Museo del Chisme y cuando se hable de aventuras, se hablará de Julio Verne.

 

Una Mujer con mayúscula

Clarín   6 Aug 2015

Cris­tó­bal Rei­no­so (Crist)   crist­di­bu­jos@gmail.com

Re­cuer­do que en un quios­co de re­vis­tas so­lía com­prar el dia­rio to­dos los días. De es­to ha­ce unos años, por­que des­de que ten­go una ta­blet al pa­pel lo mi­ro col­ga­do del bro­che, ese an­zue­lo pa­ra las ven­tas al pa­so que aún con­ser­van los vie­jos ca­ni­lli­tas.

Al cos­ta­do del quios­co, en la ve­re­da, ba­jo un pe­que­ño ale­ro es­ta­ba allí una in­di­gen­te sin te­cho. Te­nía un col­chón y unos bár­tu­los que de­co­ra­ban su des­gra­cia­da vi­da. Era fla­ca, el pe­lo cor­to, la voz lle­na de ci­ga­rri­llos y car­ga­ba so­bre su ser to­do el pe­so del des­am­pa­ro.

Ha­bía una me­dia bo­te­lla de Co­ca Co­la que le ser­vía de va­so y ja­rra. Po­nía vino blan­co de un Te­tra­brik y lo re­ba­ja­ba con una ga­seo­sa. A pe­sar de la du­ra reali­dad de sus días guar­da­ba un le­jano ai­re de al­ti­vez.

Ha­bía una me­dia bo­te­lla de Co­ca Co­la que le ser­vía de va­so y ja­rra. Po­nía vino blan­co de un Te­tra­brik y lo re­ba­ja­ba con una ga­seo­sa. A pe­sar de la du­ra reali­dad de sus días guar­da­ba un le­jano ai­re de al­ti­vez.

Des­pués de com­prar el dia­rio le de­ja­ba lo que me que­da­ba de cam­bio y se­guía mi ca­mino. A ve­ces, ve­nía al­gu­na tra­ba­ja­do­ra so­cial y la lle­va­ban por unos días. Des­pués vol­vía a ins­ta­lar su col­chón.

Ese día vol­vía de mi ca­mi­na­ta jun­to a Ma­ría Te­re­sa: me ha­bía cor­ta­do el ca­be­llo, es­ta­ba igual que siem­pre, só­lo que más pro­li­jo. Pa­so por de­lan­te su­yo, le de­jo co­mo to­dos los días unas mo­ne­das. Ella se da vuel­ta y na­tu­ral­men­te le­van­ta el bra­zo de­re­cho, me lo pa­sa so­bre la nu­ca y me di­ce: -Te cor­tas­te el pe­lo, es­tás her­mo­so. Me que­dé frío, no lo es­pe­ra­ba: fue un im­pre­vis­to agra­da­ble, de esos que nos cam­bian el hu­mor, aca­so sin que lo per­ci­ba­mos. Se­gui­mos ca­mi­nan­do. Pen­sa­ba que una per­so­na me ha­bía to­ca­do, y la mi­ra­da y el afec­tuo­so sa­lu­do era de una Mu­jer. Con ma­yús­cu­la.

Ese día vol­vía de mi ca­mi­na­ta jun­to a Ma­ría Te­re­sa: me ha­bía cor­ta­do el ca­be­llo, es­ta­ba igual que siem­pre, só­lo que más pro­li­jo. Pa­so por de­lan­te su­yo, le de­jo co­mo to­dos los días unas mo­ne­das. Ella se da vuel­ta y na­tu­ral­men­te le­van­ta el bra­zo de­re­cho, me lo pa­sa so­bre la nu­ca y me di­ce: -Te cor­tas­te el pe­lo, es­tás her­mo­so. Me que­dé frío, no lo es­pe­ra­ba: fue un im­pre­vis­to agra­da­ble, de esos que nos cam­bian el hu­mor, aca­so sin que lo per­ci­ba­mos. Se­gui­mos ca­mi­nan­do. Pen­sa­ba que una per­so­na me ha­bía to­ca­do, y la mi­ra­da y el afec­tuo­so sa­lu­do era de una Mu­jer. Con ma­yús­cu­la.

 

 

Amigos,

Encontré este artículo y me llegó. Lo disfruté. Si tienen un poquito de tiempo pueden leerlo. Espero les guste.

Abrazo.

Fernando.

Mi padre no fue un gran hombre.

Por Sergio Sinay

Mi padre se llamaba Moisés. Era hijo de Miguel y de Lea. Fue hermano de Marcos y de Rubén. Fue el marido de Miriam. Fue el padre de Horacio y de mí.
Era el abuelo de Iván y de Javier. Cuando murió, hace dos días, tenía 85 años.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hacía el más sabroso café con leche que jamás probé. Nos los preparaba cada mañana a Horacio y a mí, cuando íbamos al colegio, y nos lo servía con unos enormes panes con manteca y dulce.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero pelaba las naranjas como nadie. Las dejaba sin un rastro de hollejo, brillosas, lisas, tentadoras. Yo no quería comer naranjas si no las pelaba él.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero llenó de libros nuestra casa de la infancia y los dejó absolutamente a nuestro alcance. Nunca dijo “ese libro no es para vos”. Y así aprendimos a amar la lectura desde chicos. Todavía hoy leo como entonces, como él. Con voracidad, con desorden, con placer. Mi casa está llena de libros, las bibliotecas son los muebles principales.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero a los 84 años aprendió a hacer señaladores de cuero, con sus dedos agarrotados, y me regaló uno, simple, bello y austero, con el que hoy guío mis lecturas.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando yo tenía 10 años y Horacio 7 y vivíamos en La Banda, Santiago del Estero, compró entradas y un 9 de julio nos llevó a la cancha del Club Mitre a ver a Ríver, que venía de gira. Seguimos el partido subidos a un sulky, porque no había lugar para nadie.
Fue la primera vez que vi a Ríver, y lo vi con Carrizo, con Loustau, con Labruna, con Pérez, con Pipo Rossi. Mi padre era hincha de Independiente, nosotros nos hicimos de Ríver.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero nos llevaba cada domingo a la cancha a ver a Central Argentino, de La Banda, a pesar de que él era hincha del eterno rival, Sarmiento. Y hasta se alegraba con nosotros si ganaba Central.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero una tarde de mi adolescencia, en la trastienda de la farmacia que él y mi madre tenían en La Banda, me explicó cómo se hacían los chicos. Tartamudeaba y estaba rojo y sudoroso. Yo ya sabía, pero me fascinó su explicación.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando hice mi viaje de egresado, en tren desde Santiago a Mendoza con mis compañeros del Colegio Nacional Absalón Rojas, me llamó aparte en el andén y me dio tres preservativos. “Tomá, por si los necesitás”, me dijo. Y otra vez estaba rojo y sudoroso.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando cumplí doce años, se apareció en casa con el curso de dibujo de Los Doce Famosos Artistas como regalo. Y yo, que amaba las historietas, tuve como profesores a Hugo Pratt, a Alberto Breccia y a otros así.


Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando me acariciaba, y me acariciaba mucho, tenía las manos tibias; y cuando me besaba, y me besaba mucho, tenía los labios suaves y húmedos.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando un chico más grande que yo, uno de los pesados de la cuadra, me estaba dando una paliza en plena calle, él apareció de la nada y cagó a patadas en el culo a mi enemigo.

Mi padre no fue un gran hombre. No me enseñó a manejar, pero resultó lo bastante confiado como para dejar las llaves del auto a mi alcance, de manera que una siesta las agarré, subí al Fiat 1500 verde y debuté por mi cuenta paseando durante dos horas, maravillado de que semejante artefacto respondiera a mis movimientos. Cuando se lo conté, mi padre sonrió casi complacido, casi aliviado.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero venía a verme cuando yo jugaba al básquet en los infantiles y en los cadetes del Club Olímpico y, al principio, me llevaba a los entrenamientos, y a mi hermano también. Y aunque él era un patadura, yo, creo, jugaba para él, para que él me admirara.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero, aunque jamás aprendió a andar en bicicleta, me sostuvo en la mía y no me soltó hasta que pude mantener el equilibrio por mí mismo. Y yo sabía que no me iba a dejar caer.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero lagrimeaba de orgullo cuando nos presentaba a Horacio y a mí y decía “Éstos son mis hijos”. Lo decía con el mismo énfasis cuando éramos chicos y cuando nos hicimos hombres.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero nadie sabía contar “El patito feo” como él. Y nadie tuvo su paciencia para narrármelo una y otra vez, siempre con el mismo entusiasmo, cada siesta y cada noche de mi niñez temprana, respetando mi necesidad de volver a oír mi cuento favorito.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero todavía a sus ochenta y pico era capaz de poner inyecciones como nadie, sin que sintieras ni el pinchazo ni el dolor. Muchas veces preferí inyecciones a otro remedio, porque sabía que estaba él para ponerlas.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero descubría siempre los mejores chocolates.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hasta el último domingo de su vida leyó el diario de pe a pa y era un interlocutor informado y apasionado de los sucesos del mundo y de la vida.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero amaba el cine y las películas y nos enseñó a amarlas junto a él; nos llevaba a las matinés del cine Renzi y a los estrenos del Petit Palais, del Grand Splendid, del Select o del 25 de Mayo. Disfrutaba como un chico de las de cowboys y hacía el sacrificio de llevarnos cinco días seguidos a ver “La Cenicienta” o “Sansón y Dalila”, con Víctor Mature y Hedy Lamar. Ahora, en sus últimos tiempos, seguía contando escena por escena, como un personaje de Manuel Puig, cada película que veía en el cable, y lloraba de emoción o de bronca, según fuera una escena de amor o de injusticia.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero era el mejor público para contarle un chiste. No había que hacer grandes esfuerzos narrativos, él se descomponía de risa por el sólo hecho de saber que era un chiste.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cada vez que mi madre se lo pedía era el mejor ayudante de cocina. Nunca vi a nadie batir claras a nieve, como él. A mano.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero tenía la letra más bella y firme que yo conozca. Me fascinaba ver cuando escribía cartas, cuando firmaba boletines o cuando hacía los discursos que después leía en las reuniones de la colectividad judía santiagueña; yo observaba hipnotizado cómo iba surgiendo sobre el papel el dibujo de su caligrafía y cómo él mismo disfrutaba mientras su mano cobraba velocidad, calor e inspiración.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero me enseñó, con sus actos, que un hombre sí puede llorar. Él lloraba de emoción o de dolor.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero supo despedirse antes de partir. El domingo a las cinco de la mañana me desperté y no pude volver a dormir por un largo rato. Era una hora silenciosa y quieta. De marea en baja. Entonces supe que, en la sala de terapia intensiva del hospital, él estaba muriendo. Que me despertaba suavemente, como cuando en las mañanas frías del colegio se acercaba a mi cama, me tocaba suavemente el hombro y me decía, en un susurro, “Pichu...arriba”. Y que esta vez lo hacía para despedirse. En mi cama, en la oscuridad, no luché contra el insomnio, simplemente me despedí de él, le deseé buen viaje, le agradecí lo que tenía que agradecerle y le hice saber que, por mi parte, no había cuentas pendientes entre nosotros. Ninguna. Me dormí nuevamente a las siete y el teléfono sonó a las ocho para pedirnos que fuéramos con urgencia al hospital. Entonces le dije a Marilén: “Mi Viejo murió hoy a las cinco y media, es eso lo que nos van a informar”.
Un par de horas después, nos entregaron un certificado de defunción que decía: “hora del fallecimiento: 5:30”.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero enfrentó a la muerte entero y vivo. Peleó con sabiduría, conocedor de que la batalla sería posible mientras hubiera equivalencia. Cuando sintió que ya estaba, que había hecho lo suyo, que las reglas de juego habían dejado de ser parejas, dijo basta. No lo dijo como un derrotado. Había comido una porción de las grandes (como a él le gustaban) de la vida; su último año y medio había sido de placer, de reivindicación y de buena vida. Entonces decidió que estaba a punto y murió.
En su muerte, fue un modelo. Y no es poca cosa.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero murió como un señor. Sin degradarse, sin deterioro, sin corromperse, como una persona íntegra y consciente. No huyó, no tuvo miedo, llegó vivo a su muerte. Y cuando lo vimos, antes de ocupar su cajón, su rostro era plácido, pacífico, como quien sueña sueños íntimos y felices o como quien observa deslumbrado algo que lo hará feliz pero de lo que no quiere hablar. Era, en ese momento y en ese lugar, en la morgue del hospital, nada menos, un viejo hermoso y sereno. Así nos despidió. Soltándose, soltándonos.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue honesto.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue amoroso.

Mi padre no fue un gran hombre. Y no importa. Los grandes hombres ocupan, a veces, demasiado lugar. Asfixian. Y son acreedores de deudas que nos hacen la vida más pesada. Visto así, por suerte, mi padre no fue un gran hombre.
En muchas cosas fue sólo un pequeño hombre. Pero más allá de todo fue algo más difícil y más importante. Mi padre fue un buen hombre.

Agradezco eso.

Gracias, papá, por tu vida.
(1 de junio de 1999, día siguiente al entierro de mi padre)

(Extraído del libro "Ser Padre es cosa de hombres", de Sergio Sinay)

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¿ El estudio es compatible con el baloncesto ?

Publicado en la revista de los Salesianos de Valencia, España;  por Alfonso Pavés ( año 2005 )
Ahora que ha acabado la evaluación  y llegan las notas, nos encontramos con los problemas de siempre. Los niños suspenden una o varias asignaturas y los padres -que no se moleste nadie- encuentran la raíz del problema, en el baloncesto.  Entonces llega el momento de ir al entrenador y decirle que al muchacho / a hay que quitarle días de entrenamiento, que no  tiene tiempo  para todo.  Está claro que el estudio está por encima del baloncesto, pero si le quitamos  un día de entrenamiento  ¿ va a servir para que ese chaval aproveche el tiempo y estudie ?   Yo creo que no.  Yo creo que se va a ir con los amigos o a jugar con la playstation y nadie le va a decir nada.  Me hace mucha gracia como a los niños se les quita rápidamente el baloncesto,  pero no se les priva de salir con los amigos (sin saber si son buenas amistades o no para que vuestro hijo / a tenga una buena dinámica de estudio;  a lo mejor para  esos amigos suyos el suspender es algo bueno) o de jugar con la consola durante tanto tiempo como duraría un entrenamiento, etc...

Todavía me acuerdo cuando yo era infantil y entrenaba cuatro días a la semana. Cada entreno duraba dos horas y todavía encontraba tiempo para estudiar.  Sin embargo ahora que los jugadores entrenan tres días a la semana, una hora y media cada día, no tienen tiempo para estudiar y les entra ansiedad y estrés, o eso es lo que cuentan para conseguir una excusa la cual es creida sin pensar que el problema pueda venir por otra causa. 

Sobre el tema de quitar tiempo de entrenamientos, creo que los padres deberíais dejar al entrenador tomar la decisión, al igual que creo que estaría muy bien que los padres tengáis informados a los entrenadores de cualquier problema que tengan vuestros hijos, ya sea de salud, de comportamiento o de estudios

Además los entrenadores somos los primeros que si alguien no estudia lo dejamos sin jugar,  ya que el baloncesto es un deporte para inteligentes

No soy nadie para deciros que debéis hacer con vuestros hijos, pero lo que sí os pediría es que no culpéis al baloncesto de los problemas de estudios de vuestros hijos, porque la mayoría de veces practicar un deporte es muy positivo para que los niños tengan mejores notas, ya que les sirve de desahogo después de haberse pasado todo el día metidos en una clase

Sobre la pregunta inicial, creo que los estudios y el baloncesto son muy compatibles e incluso se necesitan recíprocamente,  los estudios ayudan a mejorar el baloncesto y al revés


Autor: Eduardo Schweizer  

Setiembre de 2006

www.entrenadorbasquet.com.ar

Como explicarte lo que es el amor,

si nunca te pusiste la camiseta de tu club.

Como explicarte lo que es el dolor,

si jamás la mala suerte te revolcó en una bandeja.

Como explicarte lo que es el placer,

si nunca ganaste un clásico.

Como explicarte lo que es llorar;

si nunca perdiste un partido en el ultimo segundo por un fallo dudoso.

Como explicarte lo que es el cariño, 

si nunca acariciaste la naranja con la yema de los dedos para dejar suavemente una bandeja.

Como explicarte lo que es la solidaridad,

si nunca ayudaste en una defensa personal.

Como explicarte lo que es la poesía

si nunca tiraste una falta, ni te mandaste haciendo firuletes entre los rivales desorientados.

Como explicarte lo que es la amistad,

si nunca hiciste una asistencia.

Como explicarte lo que es el gozo,

si jamás diste la vuelta olímpica.

Como explicarte lo que es el pánico,

si nunca te empataron un partido que ganabas por 20 puntos.

Como explicarte lo que es morir un poco,

si jamás perdiste final.

Como explicarte lo que es “TIRAR JUNTOS”

si nunca jugaste en equipo.

Como explicarte lo que es la soledad,

si nunca te paraste en la línea de libres sin reloj y un punto debajo del tablero.

Como explicarte lo que es el esfuerzo,

si jamás te mataste en un entrenamiento.

Como explicarte lo que es el egoísmo

si nunca tiraste cuando tenias que dársela al que estaba mejor ubicado.

Como explicarte lo que es el arte

si nunca inventaste una asistencia lujosa.

Como explicarte lo que es la música

si jamás cantaste alentando a los compañeros.

Como explicarte lo que es la injusticia

si jamás te robo el partido un referí.

Como explicarte lo que es el odio

si nunca perdiste la pelota que perdió el partido.

Como explicarte lo que es la vida, si nunca jugaste al básquet!!!

Colaboró: Alejandro Agromayor


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