Se atragantó con un chicle y murió

Clarín Deportivo 17 de Octubre de 2003
César Cabrera, de 36 años, jugador de basquetbol muy reconocido en Formosa, murió mientras jugaba un partido amistoso en el estadio Centenario de la capital provincial, cuando un chicle que tenía en la boca se le deslizó hacia las vías respiratorias produciéndole una asfixia que no pudo  superar.  El médico  forense  dictaminó que la causa del deceso  fue " asfixia por ahogamiento" .  El infortunado jugador, que militó en la  selección formoseña, falleció en el estadio

Enamorarse de a poco de un barrio

Clarín

20 Jun 2015

Claudio Amigo    camigo@clarin.com

El barrio nos recibió hace algunos años con un extraño clima de sordidez e impersonalidad. Veredas desparejas, sucias, grises. El tránsito que marcha a bocinazo puro, lentamente, haciendo tronar los escapes. Las peleas nocturnas de los fines de semana son de película, con botellazos, gritos, ambulancias y patrulleros. Grafitis en las pa- redes, la marginalidad en las esquinas.

Balvanera sudeste, en el límite con Monserrat y San Cristóbal. No es una zona fácil para crecer. Sin embargo, nos fuimos apropiando poco a poco del espacio, cuando descubrimos los edificios con cúpulas, cuando nos enteramos de que a la vuelta vivió Astor Piazzolla y cuando probamos los mejores helados artesanales en Entre Ríos y México.

Nos fuimos convirtiendo en vecinos y es así que agradecemos por las tardes el saludo cálido de Antonio y su perro “Carlitos Tevez”, siempre sentados en la mesita de la pizzería. La rutina de ir temprano a la escuela nos hizo conocer a todos los choferes de la línea 96 y festejamos cada vez que tomamos un colectivo 12 de los que tienen aire acondicionado.

En medio de la oscuridad, la basura, el mal olor, nos deslumbran desde el balcón el cielo de fuego del atardecer y el clavel del aire que crece en el árbol de nuestra calle. También nos aquerenciamos bastante cuando descubrimos que, a pocas cuadras a la redonda, hay tres teatros independientes donde nunca faltan los títeres en vacaciones. Pero, definitivamente, lo que determinó nuestro arraigo, es el falso cerezo que se despierta en primavera en la playa de estacionamiento de enfrente.

 

Clarin.com

Ciudades

20/06/15

Los inventores del agua caliente

Se me hace cuento.

Marcelo Birmajer

Llevábamos ya cerca de seis horas de viaje cuando mi compañero de asiento me preguntó si le prestaba el libro de Oro de Patoruzú de 1971. Lo miré con desconfianza; me regalaron ese ejemplar cuando cumplí 40 y, como un vino, había llegado el momento de abrirlo: la mitad en el viaje de ida; y me había reservado la mitad para este regreso. “Hace 10 años que no piso la Argentina”, me explicó. Trabajaba para una empresa petrolera y vivía entre hoteles cinco estrellas. Volábamos de Amsterdam a Buenos Aires.

–¿Qué es lo que más extraña de Buenos Aires?– pregunté.

No lo dudó:

–La ducha.

Asentí, pero sin entender.

–En los hoteles cinco estrellas del mundo las duchas son un crucigrama insufrible. No sé si pretenden sorprender al pasajero con una revolución estética o nos usan como conejillos de Indias; pero en cualquier caso es imposible bañarse. Hasta donde yo recuerdo, en Buenos Aires el azul significa agua fría y el rojo agua caliente. No hay que hacer un curso para comprenderlo. Abrís la roja, sale caliente; abrís la azul, sale fría: la mezcla de ambas da el agua templada. Pero en el hotel de Amsterdam los colores eran gris y amarillo, y no eran dos canillas, sino un solo triángulo, con la forma de un cuchillo, que girabas hacia la izquierda o la derecha, y presionabas hacia atrás o traccionabas hacia delante. Ya la sola presentación del asunto era un despropósito. ¿Por qué no ponen dos canillas? ¿Qué quieren inventar? Yo no soy estúpido, soy ingeniero, tengo doctorados, he estudiado y trabajado en la mitad del planeta… ¿cómo puede ser que no sepa usar la canilla de una ducha? Si acercabas el metal hacia vos, el agua cobraba una temperatura y una potencia; si lo alejabas, otra. Pero no eran estables: de pronto se calentaba, de pronto se enfriaba; salía como un geiser o goteaba como una pérdida. No me des almohadas mullidas, sacame el frigobar, no me pongas frazada… pero por amor de Dios: déjame duchar en paz. ¿Y la altura de la regadera de la ducha? Estaba a la altura de mi ombligo, y con un eje movible que permitía subirla o bajarla, ajustarla. Pero las duchas porteñas que yo recuerdo simplemente están a dos metros de altura. Entonces te pones debajo del agua y te bañás, no importa tu altura. ¿Tan avispados somos… los Arquímedes de la ducha? Dadme una ducha de dos metros de altura y bañaré a la humanidad. ¿Por qué a nadie más se le ocurrió? ¿Por qué tengo que ajustar la altura de la regadera si la altura perfecta ya está inventada? Por la naturaleza de mi trabajo, luego de mi primera separación no volví a casarme. Tomá, te devuelvo la Patoruzú. Pero no siempre me falta compañía en mis locaciones. Acá en Holanda conocí una francesa que resultó interesarme mucho más que una cita ocasional. Parte del ritual de la pareja, en mi opinión, es ducharse juntos. Al menos al comienzo. Lamentablemente, le disparé una ráfaga de agua helada como si yo fuera el Capitán Frío de Batman. Cuando salimos de la ducha, mis atributos viriles no merecían ese nombre. Intenté recuperar mi honra regresando a la ducha a solas y procurando templarla para luego volver a invitarla; pero me apliqué involuntariamente una ráfaga de agua hervida que me dejó la mita de la cara como Niki Lauda. Salí gritando y pidiendo agua fría a gritos. Ella me arrojó un vaso de agua con hielo, y me provocó un chichón en la frente del tamaño de un huevo. Por mucho que intentamos reírnos del asunto, ya no nos volvimos a ver. En Roma me tocó una ducha que era una sola canilla. Una canilla común y corriente, pero una sola. Era como una caja fuerte, la tenías que mover hacia un lado y hacia otro, alternativamente, hasta que una combinación X te permitía bañarte con agua medianamente tibia. ¿Quién diseñó ese tormento, Umberto Eco? ¿Es el Péndulo de Foucault, o una forma de castigo de El nombre de la Rosa? Gran novela; pésima ducha. Los holandeses no sé de dónde vienen, pero los italianos se supone que son parte de nuestras raíces. El Papa vive en Roma, ¿no? ¿Entonces por qué hacen una ducha con una canilla sola? ¿Quién piensan que soy, Ladrón sin Destino, que voy a descubrir la combinación?

Por eso ahora, cuando llegue a Buenos Aires, lo primero que pienso hacer es darme un ducha. Abro la caliente, abro la fría; y la regadera supera un poco mi altura. Después me voy a comer una porción de pizza. Pero primero la ducha, en mi departamento de la calle Aguirre.

El hombre se quedó pensativo un momento, y luego agregó:

–Ese fue el departamento donde volví de la fiesta con mi ex esposa; cuando nos casamos. Eramos dos pibes, y no habíamos vivido nunca juntos. Yo me estaba duchando… y ella entró sin decirme nada. Esa temperatura del agua no la he vuelto a encontrar en el resto del mundo.

 

Clarin.com  Sociedad  21/06/15

Peripecias de la persecución musical

Marcelo A. Moreno   mmoreno@clarin.com

De viaje, en Roma, entro en ese espacio casi sacro, aunque polucionado y vejado por el turismo, que es la Plaza de la Rotonda, donde se erige una de las construcciones más armoniosas y monumentales que ha dado la historia: el Pantheon, maravilla circular mandada a edificar por el emperador Adriano sobre las ruinas de otro templo y salvada de las furias devastadoras del primer cristianismo al ser convertida enseguida en iglesia. Entre tantas notas multitudinarias y discordantes resonaba una serie que resaltaba de manera singularísimamente desagradable: un músico callejero destruía con método y guitarra eléctrica “A mi manera”, la canción símbolo de Frank Sinatra. La tensión entre un exponente magno y casi intacto del arte arquitectónico del esplendor romano del siglo II y los restos mortales de un tema de música popular del siglo XX producían un efecto cercano a la magia que acaso sólo pueda definirse con exactitud con un término tan vulgar como lo que esos sones aportaban a la escena: pedorro.

Luego de visitar el templo, con unción y muchos japoneses, al volver a la plaza, no pude evitar oír cómo el desalmado asesinaba a “Muchacha de Ipanema”.

En estos informatizados principios del siglo XXI, la música nos ha invadido hasta extremos intolerables. No la que elegimos o queremos escuchar, sino la que nos imponen con fuerza ensordecedora, de manera tal que en vez de entrarnos por los oídos parece salirnos de las orejas. El engendro llamado “música funcional”, ese gorgojeo atenuado pariente lejanísimo y fehacientemente degenerado del original, molesta en aeropuertos, shoppings, oficinas de atención al público, salas de espera de cualquier tipo y color, como si fuera un obligado servicio prestado a la comunidad.

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Alguien habrá comprobado que, en verdad, la música calma a las fieras, así que cuando llamamos a alguna empresa de servicios para hacer una consulta o protestar por fallas, durante las larguísimas esperas en el teléfono nos enchufan versiones descafeinadas o enfermas de Bach, Vivaldi o Mozart, cuando no de anémicos Beatles, que a veces producen el efecto contrario, enfureciéndonos ante semejantes ofensas a obras de tan grandes artistas.

Sí, la música nos persigue, implacable, a menos que, para protegernos, hagamos tronar la que nos gusta en nuestros auriculares. Si uno sube a un bondi, el chofer le puede regalar sus preferencias de género y autor. Lo mismo ocurre si opta por pagar un taxi. Si va en subte en Buenos Aires, una bien organizada compañía de músicos en vivo le asestará las interpretaciones que tocan como pueden durante todo el trayecto. Y si se trepa a un tren, no faltará el amable soplador de armónica que inflame nuestros oídos.

Casi todos los bares nos atacan con música, algunos a todo lo que da. Pero también los cafés, donde se suele sumar, con resultado infame, al ruido de alguna TV.

Quizá hoy sólo en plazas y en calles sea posible oír el murmullo y el estrépito de cierta naturaleza y un montón de urbe. El lejano sonido de la realidad.

 

Radiografía del viajero argentino

Clarín  21 Jun 2015

Juan Bedoian  jbedoian@clarin.com

El viaje es necesariamente una pasión argentina, porque muchos descendemos de los viajes. Esa pasión alguna vez fue origen, cuando los inmigrantes pisaron el puerto de Buenos Aires. Y ahora es un continuo prólogo del viaje que está por llegar y que está escondido en los mapas y en nuestra cabeza. Más aún, cualquier viaje del nuevo milenio siempre recomienza como el destino de los viejos trasplantados, que también alguna vez recorrieron los mares para volver a empezar. Quizá, por eso mismo, el viajero argentino es curioso y ávido con el suelo que pisa acá y con las tierras lejanas: el primero fue alguna vez “la América”, la utopía, el sueño inventado; y las segundas representan la necesidad de moverse, de conocer otras culturas, de confraternizar con el mundo, ya que vino del mundo.

El viajero argentino heredó esa doble y antigua mirada, y nunca dejará de cruzar fronteras, esas que separan un barrio, una provin- cia, un país, e incluso esas que existen entre las personas nativas o extranjeras, y que debe traspasar para mezclarse con las gentes, conocerlas y aceptarlas. Si fuera así, debería saber que las personas no hacen los viajes sino que los viajes hacen a las personas, que uno no es exactamente el mismo después de haber hecho un viaje, que cuando viaja está viajando por un destino pero al mismo tiempo lo está haciendo por el interior de sí mismo.

Por esas idas y vueltas, por esa migración original, el viaje de los argentinos es necesariamente apasionado: porque abarca no sólo el espacio, sino también todo el tiempo.

 

Diccionario adolescente

Clarín  22 Jun 2015

Laura Haimovichi   lhaimovichi@clarin.com

Rancho, flashearte, aunque me hiciste estallar. Eso sí: no me tires más palos. Decime algo, nardo, ahora. Oka, Ranchi. Alto comentario. Fue un chiquitaje, ponele. ¿Te cabió?

Extraído de una conversación entre Pablo, de 16 años, y Fede, de 17, durante una previa de sábado a la noche, en La Paternal, uno de los barrios de Buenos Aires.

Como la ropa y la música, el habla de los pibes forma parte de la gramática de sus sentires y pensares, es un signo de identidad, un elemento de afirmación, pasión de pertenencia y una manera particular de poner distancia respecto del mundo adulto. Se construye en la interacción con los pares durante esa etapa tan particular de búsqueda de un lugar propio en el mundo. Y su uso es eficaz en la medida en que los que participan de él lo decodifican rápido. Los especialistas denominan “cronolecto” a la variedad lingüística del idioma que surge según la edad del hablante y que está presente, sobre todo, en la oralidad. Es un lenguaje efímero: tiene la duración de los jóvenes como tales. Aquí, una pequeña muestra del idioma del adolescente urbano porteño actual.

Alto: bueno, destacable/Berretín: insulto, provocación/Cabió: gustó/Chiquitaje: pequeño, planteo desubicado/Chu: fiaca/Estallar: reír/Flashear: imaginar, equivocar, errar/Gira: fiesta/Mal: bien/Na: nada/Nardo: algo que gusta, que está aprobado/Paja: cansancio, desgano/Palos: indirectas/Pintar: ocurrir/Ponele: suponete. Te recabió rancho, de frente mal/Rancho/ranchi: amigo/Rescatar: calmar/ Ruchi: sucio.

 

Guía práctica de insufribles

Clarín  23 Jun 2015

Hernán Firpo   hfirpo@clarin.com

Cosas que nos fueron deprimiendo a lo largo de la vida, empezando por el bar La Paz ... ¡¡Ya! El bar La Paz, los best sellers con letras doradas, el Teatro Regio, papá, los 15 días en la Costa, la mirada de los otros, las nociones sobre el éxito, la moda, la sobriedad en su conjunto, la idea de carrera, la vaca atada, la finitud, cualquiera de las grandes virtudes, la foto del DNI, todas las vanguardias sin excepción, la fila en la Noche de los Museos, los arzobispos, la Coca light, el día, la madrugada, la gente amable con todo el mundo, los RR. PP, Raúl Porchetto, los principios, el tatuajes con ideogramas chinos, salir de levante, diciembre, los buenos augurios navideños, los cumpleaños, las listas sábana, los baños sólo para clientes, el gordo que canta en Maná, Máxima reina de Holanda, la insalubridad del cigarrillo, el radiopasillo, la incorrección política del stand up, Los Cinco Latinos, los nombres de negocios con apóstrofe “ese”, la lambada, la sola abstracción de la palabra comerciante, la bicicleta fija, la fantasía de hacer el amor en la playa, los emoticones, las 1001 películas que hay que ver antes de morir, la despedida de José Luis Chilavert, la canción “Cuando amas a alguien”, los restó con velitas, los “restó”, escuchar la formulación “¿todo bien?”, Joy Division, lo contencioso administrativo, el gimnasio, el día de campo, la inteligencia de los teléfonos celulares, los 2x1, los 40 principales, la televisión a la mañana, el discreto encanto de la burguesía, el término Patria, los regresos del Bailando por un Sueño, Floyd Mayweather, la argentinidad al palo, puntos suspensivos.

 

La perrita que no quiso ser “Mía”

Clarín   24 Jun 2015

Patricia Kolesnicov      pkolesnicov@clarin.com

Nos siguió desde el muelle y así nos conocimos: una cachorrita negra, de esos perros un poco picudos, en la edad en la que la que las orejotas se les van para el costado. No planeábamos ningún (otro) perro en casa, pero se vino por el caminito y se quedó en la galería las largas horas en que el viento sudeste hizo subir el agua y el jardín fue nave- gable. Así es la isla, nadie se asusta y menos la cachorrita, que nos siguió con la cola asomando apenas del agua cuando pusimos las patas en el barro para llegar hasta el almacén de Ramón, dos casas más allá, por el arroyo.

Fuimos, volvimos, preparamos un almuerzo con excedente. No intentó entrar a la casa: siesteó con nosotros, pero en la galería. A la hora de la merienda, cuando nos miraba con puros ojos, le puse nombre: “Mía”. Ese fue el error, ahora lo entiendo.

El agua siguió alta hasta la medianoche, “Mía” durmió debajo de la mesa de plástico de la galería. Al otro día festejó cuando aparecimos, demandó mimos panza arriba, distribuyó algunas pulgas. Pensábamos en ella ya cuando planeamos el asado, pero antes salimos a dar una vuelta, caminata larga, como una hora, a través de puentecitos, pasto mojado, lajas. “Mía”, firme. Paramos a tomar un café, nos volvimos por el mismo lugar.

Cuando estábamos sobre el río, antes de doblar hacia el arroyo, se metió en un muelle. Le chistamos, le silbamos, gritamos “su” nombre. El sol en el lomo le gustó más. Seguimos. Hicimos el asado, separamos su parte, nada. Unas horas más tarde tomamos la lancha de vuelta. El nombre, estoy segura, de eso huyó.

 

Gorro, bandera y ... verso

Clarín  25 Jun 2015

Pablo Calvo    pcalvo@clarin.com

Ahora que se destapó la olla en la FIFA, recordé que se están por cumplir dos años del empadronamiento de 420 mil hinchas argentinos al sistema biométrico de ingreso a los estadios llamado AFA Plus, una de las tantas medidas anunciadas contra la violencia y la reventa de entradas que quedaron perdidas en la nube de gas pimienta que envuelve al fútbol argentino.

“Su tarjeta se encuentra pendiente de impresión”, dice la página oficial cada vez que consulto por mi credencial, para la que tuve que dejar mis huellas digitales, foto de frente y perfil, tarjeta de débito, teléfono, mail y el nombre de mi “institución deportiva preferida”. Una colección de datos personales que no sé dónde está, quién la protege de intrusos y para qué sirve. Además, en estos dos años aumentó la violencia, no se puede ir de visitante a las canchas y hasta se juegan partidos sin público, como en el potrero, pero sin espíritu amateur.

Cuando nos empadronamos, aparte de sacar a mi hijo del colegio para cumplir con los plazos y no tener que, encima, pagar por el trámite, tuve que firmar un “compromiso personal” de “no incurrir en hechos de violencia o situaciones que atenten contra la seguridad del espectáculo” y aceptar la “asunción personal de los riesgos inherentes” a las concentraciones masivas. Un seguro que no te cubre ni del granizo, bah.

Me arrepentí, sí, de no haber llenado el casillero opcional que pedía saber mi profesión. Tendría que haberle puesto “Panadero” y seguro que el carné aparecía.

 

La puja entre el origen y lo nuevo

Clarín   28 Jun 2015

Juan Bedoian    jbedoian@clarin.com

Vivo en Buenos Aires, pero soy de otro lugar. Como todos los que son de otro lugar, la parte de mi cerebro que anida las sensaciones puras -los científicos lo llaman cerebro “límbico”- recupera con cierta frecuencia recuerdos de ese sitio original. Son instantes, ráfagas: el aroma acariciante de la cocina familiar, la risa fácil de amigos extra- viados, la luna cercana y brillante reflejada en un arroyo, las manos de mi padre calentándose en el brasero, retazos de viejas canciones. Para los que son de otro lugar, ese pedazo de seso separado del “cortex” -el cerebro que posibilita el razonamiento- es fundamental. Aun lejos del hogar en términos de espacio, tiempo o experiencia, en ese otro cerebro se cocina la nostalgia convertida en deseo y uno puede sentirse más viejo y a la vez eternamente más joven de lo que marca el calendario. El cerebro “límbico” nos libera de la condena de vivir en un presente continuo e inexorable -cosa que sería intolerable- con esa cuota de memorias que el hogar natal nos envía como rayos desde el pasado.

Como todos los que son de otro lugar, he tenido que crear un nuevo mundo, aceptar nuevos amigos, inventar otra Luna. Argentina es propicia a la gente que es de otro lugar y a todos se les presenta el mismo dilema: pasarse la vida añorando ese origen o aprender a vivir en el nuevo. Echar de menos un sitio todo el tiempo te puede arruinar el presente; sepultarlo deliberadamente dañará de alguna forma tu futuro. Porque, en el fondo, todos los que somos de otro lugar lo sabemos: no se pueden fusilar los recuerdos.

 

La basura es a veces un juego

Clarín   29 Jun 2015

Rolando Barbano   rbarbano@clarin.com

Osvaldo no es el delantero de Boca. Tampoco es Pugliese. Nada de eso. Desde hace meses está claro que Osvaldo es todos los recolectores de basura de Buenos Aires. Rocco, mi hijo de tres años, está fascinado con todo lo que anda sobre ruedas. Si el vehículo tiene alguna particularidad -una grúa, una sirena, una manguera-, la fascina- ción se convierte en pasión y locura. El otro día descubrió los camiones de basura. Se topó con uno a la salida de casa y lo observó con atención de especialista mientras descargaba un contenedor. Después nos encontramos con otro y pronto empezamos a salir al balcón para verlos cada vez que los escuchábamos. Hasta que llegó la duda fatal: -Papá, ¿cómo se llama el señor que maneja el camión?

Tuve que investigar. Salimos corriendo a la calle y de repente me hallé conversando con el conductor de un camión.

-Maestro, ¿me puede decir su nombre?

-Osvaldo-me respondió el chofer, extrañado. Rocco recibió la información y se le quedó grabada.

-Papá, hay que sacar la basura para que se la lleve Osvaldo, me dijo al otro día.

-Papá, ahí viene Osvaldo, me señaló 24 horas más tarde.

-Papá, mirá, ¡dos Osvaldo!, apuntó a la semana siguiente, al ver dos camiones juntos.

Así que decidí entregarme. Les sugiero que hagan lo mismo: conductores de camiones recolectores, sepan que, como Papá Noel, tienen la capacidad de estar en todos lados al mismo tiempo. Y que todos se llaman Osvaldo.

 

Cantar a Gardel de memoria

Clarín   30 Jun 2015

Horacio Pagani   hpagani@clarin.com

Mi pasión por el tango viene de muy lejos. No tenía ni 10 años cuando “El Gaita”, un amigo de la cortada de Quirno Costa, me mostró un viejo album de discos que contenía diez de 78 revoluciones, de pasta, todos de Gardel. Eran 20 temas. Y me lo vendió por diez pesos de aquel tiempo inmemorial. Mi viejo me dio la plata, claro. De tanto escucharlos en el combinado del comedor me aprendí los 20 de memoria. Y me quedé enganchado con el tango a pesar de que no tenía raíces en mi casa. No había antecedentes familiares. Un amigo más grande, Roberto Pérez (“Manteca”) me enseño la letra de otro, sobre fútbol. “Déjelo Señora”, se llama. Después, “La número cinco”. Y entré en la vorágine. En sexto grado, en el colegio San Miguel, le cantaba (mal) fragmentos de tangos a mis compañeros en los recreos. Hasta que el maestro López se enteró y me invitó en que lo hiciera en la clase cuando festejábamos el cumpleaños de uno ellos. Me animé y les metí “Déjelo Señora”, nomás. El tema en que los amigos del pibe pedían a su madre que lo dejara jugar al fútbol, que podría llegar a crack. Hasta que el maestro me hizo el gran desafío: cantar ante todo el colegio. Primaria, secundaria y familiares. Quería que cantara una zamba. Cuando comprobó que no acertaba un tono, me dijo que hiciera “Déjelo señora”. La noche previa no dormí. Fui dispuesto a negarme, pero no: mis compañeros me impulsaron. Tenía 11 años. Me temblaban las piernas. Eran más de 700 los oyentes. Y, a “capela”, le di para adelante ... Aquella ovación es uno de los tesoros más valiosos de mi memoria.

 

Clarin.com   Ciudades  30/06/15

"El argentino nace comiendo milanesa"

Porteños: Antigourmet. Forman un escuadrón de amigos a los que les gusta... comer. Simple, rico y mucho. Tienen 10.000 seguidores en Facebook.

Combativos: el grupo, en el centenario Bar de Cao, reino de la picada. (Marcelo Carroll)

         

por  Hernán Firpo  hfirpo@clarin.com

Hay un momento en que todo satura y, según el escuadrón de los Antigourmet, ese momento ha llegado para todas las comidas que no llamen a las cosas por su nombre o no sean abundantes, ricas y artesanales (mas no de autor). Una noche de la semana pasada, los Antigourmet nos citan en su guarida de Independencia y Matheu: el Bar de Cao, notable guiño centenario que se agradecerá por tortilla babé, por picadita y por sidra tirada.

Los antigourmeteros se golpean su pechito argentino y bodegonero. Saben que la crítica de comida es algo que no les cabe ni un poco porque llevan más de 30 años sabiendo lo que quiere decir comer, teniendo la suerte de repetir el ejercicio con desayuno, almuerzo, merienda y cena. Si la frecuencia te convierte en especialista, ellos son expertos. De a uno en fondo: Matías Pierrad, Facundo Vozzi, Juan Pablo García Pratto, Martín Pait y Román Battiato.

“El logo nuestro es como la estrellita de Michelin y la modalidad, nada, Román llama para hacer una reserva y todos los miércoles después de jugar al básquet vamos a un bodegón. A esta altura habremos recorrido sesenta. Cada uno que nos gusta tiene su correspondiente reseña en la página y cada reseña que hacemos debe ser lo más subjetiva posible. Nos importa lo que nos pasa con esa comida. Es simple: como tenemos la ventaja de comer todos los días, sabemos por comer a diario. No hay secreto en esto”, cuentan con un sarcasmo de croutons de trufas.

¿Un palito a los Pietro Sorba?

Nahhh, igual tuvimos nuestro episodio con Pietro, eh. Nada, algo que hicimos se ve que no le gustó y...

Diccionario bodegonero: llámese antigourmet a los lugares que están más preocupados por la elaboración de sus platos, que por su presentación.

Por caso, así escriben sobre el Club Social Alvear, restorán de la zona de Palermo.

La cuestión es que no encontrábamos el lugar. Ibamos y veníamos desde el parque hasta Libertador, como pelotas de tenis. Ni una sola pista acerca de un Club, hasta que en un momento llegó un whatsapp salvador confirmando el número: 2736. Anotate la dirección antes de salir de tu casa, porque encontrar el Club Alvear te va a parecer igual de complicado que encontrar el mundo de Harry Potter (...) La tortilla de papa es catatónica. Te quedás perplejo, con los ojos cruzados y la carretilla rígida. Cuando la ves venir, parece tener las mismas medidas de alta que de ancha. La cortamos en 6 partes y le dimos para que tenga. Viene con verdeo, papa, 700 huevos, muzzarella y jamón cocido. Un espectáculo la babeficación del plato. Chorrea como loca y podés ponchar el pancito después de la larga espera.

Con un año de “comida de verdad”, programa de radio y página propia, lograron la fidelidad de diez mil seguidores en Facebook y un promedio de 500 visitas diarias.

Dicen: “Las cantinas tienen cartas interminables. Podés comer toda una vida en la misma cantina sin repetir el plato(...) Mamma Silvia, en Avenida La Plata al 1400 nos viene a la memoria demasiado seguido. Le pusimos 9 puntos. Facundo sabe de morfi... Bueno, sí, me gusta mucho comer, por eso sé mucho de morfi. Lo que principalmente buscamos es no quedarnos con hambre. Además nos interesa el amor que percibimos detrás de algunos platos... ¡¿Y El Mayoral? Uhhh, groso, de las 12 entradas probamos diez (...) En Cangas del Narcea vamos a festejar el aniversario. Cerramos el lugar para todos nosotros y para la gente que nos sigue... Sí, de verdad, hay gente que nos quiere conocer. Inexplicable”.

¿Qué les pasa con la entraña de ternera al romero en reducción de malbec...?

Bueno, yo tengo que admitir que tuve mi recaída gourmet –cuenta Juan Pablo–. Comí una tostada a la que le habían puesto algo frito con salmón. Me gustó. También me encanta la comida de la India, la japonesa...

Con tanta comida étnica, no dan ganas de viajar...

No sé, pero el argentino nace comiendo milanesa. Eso es así (...) En el bodegón –agrega Matías–, los mozos son mozos. Es algo que da tranquilidad. El mozo de cantina entiende los pedidos, nunca hay riesgos de error (...) Hay lugares que son el límite entre el bodegón y lo gourmet. Ojo (advierte Matías), parece raro pero ese es el problema entre lo vintage y lo tradicional: podés tener tus platitos guisados, tu osobuco, pero eso no quiere decir que tu comida sea casera. Es necesario que historia y morfi vayan de la mano.

 

Todo auto rojo es una Ferrari

Clarín   2 Jul 2015

Leonardo Torresi    ltorresi@clarin.com

Un colega les reprochaba a sus amigos porteños que se movían exclusivamente en taxi: “Ganan ocho lucas ¡Podrían tener un poquitito de auto!” Fue hace más de 10 años. Habría que actualizar la cifra, lógico. Lo memorable es que valoraba la práctica como una rama del snobismo. Mientras tanto, alardeaba de su baúl siempre cargado con una bolsa de carbón y una pelota bailando adentro, preparado para bajar en cualquier lado, prender el fuego y patear un rato con los chicos. En el Conurbano Feroz no hay espacio para este tipo de planteo: todos tenemos auto o queremos tenerlo. La propiedad automotor es -como mínimo- un estado de latencia.

Los pibes de 17 años prometen en Facebook que en un futuro cercano conseguirán una máquina y todos necesitamos el vehículo para el remiserismo diario que cubre los huecos del déficit de transporte o atempera las rutas trasmano de nuestros autoinfligidos laberintos de movilidad.

Necesitamos el coche y no nos conformamos con verlo así nomás. Le ponemos la calcomanía del caballito excitado y cada auto rojo es una Ferrari. Cualquier Gol brilla como un Audi apenas le zampamos los cuatro circulitos atrás. Y hasta luces led azules abajo.

Así somos, aspiracionales. E insaciables. La última es un efecto del caño de escape que produce un ruido de tiroteo. Si uno de estos tipos te pasa por al lado, o por la ventana que da a la calle, primero pensás lo peor. Hasta que caés y volvés con tranquilidad a lo de siempre, a ver a quién le gritan en Intratables o qué hacen en la novela turca.

 

Leer, un hábito para resistentes

Clarín   3 Jul 2015

Horacio Convertini   hconvertini@clarin.com

Había desarrollado una notable capacidad de abstracción, al menos para la lectura. Es más: sólo leía en lugares que ponían en juego ese poder, como colectivos, subtes, trenes. Si Messi podía gambetear a seis rivales y meter el gol de emboquillada, él podía leer, a veces de pie, en el traqueteo del transporte público, bancando empujones y bamboleos, lo que no dejaba de ser un talento. ¿El secreto? Se aferraba con pasión a la letra escrita como si fuera a la rama que lo salvaría de caer en un precipicio. El problema surgió cuando a los pasajeros se les dio por hablar por celular a los gritos para hacerse entender por encima del ruido del tránsito. Las personas que viajaban juntas rara vez hablaban entre sí o, si hablaban, lo hacían en voz baja por pudor. Pero los que viajaban solos parecían compelidos a sacar el telefonito y a enfrascarse en charlas estruendosas.

-¿Compraste asado, querida? (…) Mañana era, te dije ...

-Irene, no sabés lo que le pasó a Juan Carlos (…) No, ése no, el de Luisa, el canoso ...

-Fieeeraaa, ¡cómo les ganamos anoche! (…) Andá, si son horribles ...

Esas conversaciones por la mitad se le clavaban en los oídos como arpones. El 4, que todos los días lo llevaba de casa al trabajo y del trabajo a casa, como pedía el General, se estaba convirtiendo en un locutorio ambulante y en kriptonita para su concentración. O dejaba la lectura o encontraba pronto un nuevo espacio. Así fue que empezó a mirar con cariño el sillón de su casa. Aunque, claro, para leer ahí iba a tener que desarrollar otro tipo de poder.

 

El fútbol, ese espejo de la vida

Clarín  4 Jul 2015

Juan Bedoian jbedoian@clarin.com

Ahora que se define la Copa América, una obviedad: el fútbol es una metáfora de la existencia. Mientras en otros lugares del mundo se están masacrando por odios de todo tipo, el más universal de los deportes también plantea un escenario de guerra aunque menos cruento: aquí las diferencias y los enconos se dirimen en un estadio a las patadas, con silbatinas, festejos, burlas y hasta tocadas de tuje.

Un ejemplo entre muchos: desde hace años, Chile y Bolivia mantienen un serio conflicto fronterizo que no llegó a las armas; esa rencilla era el costado sombrío del choque deportivo que protagonizaron hace poco, pero sin una gota de sangre. Hubo sí, 50.000 almas que chillaban por el goce, la humillación y la inquina al rival. Y en cada una de esas almas habitaba el sentido de pertenencia a un lugar, allí más apasionado que nunca: el concepto de Nación. Varios de esos hinchas lincharían al viejo Borges que alguna vez dijo: “Creo que son 11 jugadores que corren detrás de una pelota para tratar de meterla en un arco. Algo absurdo, pueril. A mí me parece ridículo”.

Como el escritor, muchos no encontrarán poesía en una jugada genial de Messi y no verán el heroísmo de esos 11 que luchan por una camiseta. Para una gran mayoría, la pasión, la poesía, el coraje, la idea de Patria, el clima de contienda o la venganza, todas esas cosas de la vida, están representadas en el fútbol.

Incluso la burla -como pasó con Jara y Cavani durante el partido Chile-Uruguay- de que un semejante te toque el culo contra tu voluntad.

 

La esperanza del misterio

Clarín   6 Jul 2015

Fernando Sendra   fernandosendra@clarin.com

Escuché que todo va a ser mejor, mucho mejor. Y también escuché que de cualquier célula será posible tener hijos, y que nuestros tejidos se podrán reproducir en un laboratorio a nuestra necesidad y conveniencia. Y también los corazones … el páncreas … los pulmones … y que, además, habrá computadoras con tanta o mayor potencia que la mente, que podrán crear un simulacro exacto del cerebro, y aún más: ¡podrán guardar nuestros recuerdos! Ellas podrán ser nosotros sin nosotros.

Escuché que iremos a otros mundos, que la vida terrestre se expandirá por todo el Universo, que seremos colonos de planetas y que planean viajes al futuro. Escuché que habrá chips que contendrán toda la información que existe y que el conocimiento vendrá envasado en microcosas. Escuché que habrá un nanomundo de productos que podrán inyectar en nuestras venas para mejorar genes a pedido. Escuché que habrá medicinas que curarán casi todo y que lo que no curen se podrá solucionar de alguna forma.

Escuché que el Universo es apenas una bolsa de estrellas, de galaxias, de tiempo, de espacio y de materia, pero que hay infinidad de universos paralelos, donde las variables tal vez fluyan de otro modo.

Escuché más de lo que quiero, escuché más de lo que puedo, escuché más de lo que debo. Pero detrás de todo lo escuchado, detrás del saber, de la ciencia, del infinito ingenio, y aún detrás del miedo, apuesto, con pasión, todas las fichas de mi alma a la querida esperanza del misterio.

 

Tiempo

Antes de morir un vecino dejó escrito este testamento: 

1) Que su ataúd fuese cargado por los mejores médicos de la época.

2) Que los tesoros que tenia, fueran esparcidos por el camino hasta su tumba.

3) Que sus manos quedaran en el aire fuera del ataúd a la vista de todos.

Alguien asombrado le pregunto: ¿cuáles eran sus razones?

El explico:

1) Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd, para demostrar que ellos NO tienen ante la muerte el poder de curar.

2) Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros, para que todos puedan

ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí se quedan.

3) Quiero que mis manos queden descubiertas fuera del ataúd, para que las

personas puedan ver que vinimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos, al morir nada material te llevas...

"EL TIEMPO" es el tesoro mas valioso que tenemos, podemos producir más dinero, pero no más tiempo...!

EL MEJOR REGALO que le puedes dar a alguien es TU TIEMPO

www.argentinodelanus.com.ar


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29.04.2015

El día, ¿de qué animal?

por Marcelo A. Moreno  mmoreno@clarin.com

Se­rían las 3 de la tar­de en Puer­to Ma­de­ro. En una me­sa de las de afue­ra de un ca­fé ele­gan­te, una chi­ca se apres­ta­ba a ata­car su sánd­wich.

Lle­va­ba pla­ta­for­mas ta­ma­ño zan­co, pan­ta­lo­nes de bo­ta­man­gas an­chas, una ca­mi­so­la con mo­ti­vos ani­ma­les y unos in­men­sos an­te­ojos os­cu­ros que le ta­pa­ban la mi­tad de la ca­ra. Un pe­lo ru­bio, no pro­pio, le aca­ri­cia­ba los hom­bros. El ros­tro era sí­mil ga­lle­ta; el ta­ma­ño del cuer­po, small. Cal­cú­le­le unos 25 años.

Lle­va­ba pla­ta­for­mas ta­ma­ño zan­co, pan­ta­lo­nes de bo­ta­man­gas an­chas, una ca­mi­so­la con mo­ti­vos ani­ma­les y unos in­men­sos an­te­ojos os­cu­ros que le ta­pa­ban la mi­tad de la ca­ra. Un pe­lo ru­bio, no pro­pio, le aca­ri­cia­ba los hom­bros. El ros­tro era sí­mil ga­lle­ta; el ta­ma­ño del cuer­po, small. Cal­cú­le­le unos 25 años.

Lle­va­ba pla­ta­for­mas ta­ma­ño zan­co, pan­ta­lo­nes de bo­ta­man­gas an­chas, una ca­mi­so­la con mo­ti­vos ani­ma­les y unos in­men­sos an­te­ojos os­cu­ros que le ta­pa­ban la mi­tad de la ca­ra. Un pe­lo ru­bio, no pro­pio, le aca­ri­cia­ba los hom­bros. El ros­tro era sí­mil ga­lle­ta; el ta­ma­ño del cuer­po, small. Cal­cú­le­le unos 25 años.

Una pa­lo­ma se po­só so­bre el res­pal­do de una de las si­llas de su me­sa. La chi­ca le pe­gó un gri­to y ama­gó con le­van­tar­se. El bi­cho dio un par de vuel­tas y vol­vió, es­ta vez di­rec­to al sánd­wich. Des­tem­pla­da, la jo­ven se le­van­tó agi­tan­do las ma­nos y, la bo­ca lle­na de im­pro­pe­rios, la co­rrió unos pa­sos.

La in­dig­na­ción, dig­na de me­jor cau­sa, lla­mó a las fie­ras. Otra pa­lo­ma y un go­rrión se acer­ca­ron. La chi­ca vol­vió a sal­tar y a gri­tar.

Des­de mi me­sa, in­ten­té cor­du­ra: -Si les das una mi­gui­tas, en una de ésas co­men jun­tas… -¡Ni en pe­do!- fue la res­pues­ta. Un pe­rro ca­lle­je­ro ne­gruz­co, aca­so con al­gún an­te­pa­sa­do re­mo­to de ove­je­ro ale­mán, tam­bién con­cu­rrió a la ci­ta. No fue en bus­ca de ali­men­to, pe­ro le de­di­có a la chi­ca una mi­ra­da car­ga­da de com­pren­sión. Co­mo si hu­bie­ra cap­ta­do que esa mo­na con ha­bi­li­da­des nue­vas era un ejem­plar fa­lli­do y se con­do­lie­ra de ella. Co­mo si una vis­ta in­me­mo­rial le per­mi­tie­ra com­pren­der tan­tos can­sa­dos mi­le­nios de bru­ta­li­dad, uti­li­za­ción, an­tro­po­fa­gia, cruel­dad, y to­da­vía in­com­pren­si­ble irri­ta­ción.

Des­de mi me­sa, in­ten­té cor­du­ra: -Si les das una mi­gui­tas, en una de ésas co­men jun­tas… -¡Ni en pe­do!- fue la res­pues­ta. Un pe­rro ca­lle­je­ro ne­gruz­co, aca­so con al­gún an­te­pa­sa­do re­mo­to de ove­je­ro ale­mán, tam­bién con­cu­rrió a la ci­ta. No fue en bus­ca de ali­men­to, pe­ro le de­di­có a la chi­ca una mi­ra­da car­ga­da de com­pren­sión. Co­mo si hu­bie­ra cap­ta­do que esa mo­na con ha­bi­li­da­des nue­vas era un ejem­plar fa­lli­do y se con­do­lie­ra de ella. Co­mo si una vis­ta in­me­mo­rial le per­mi­tie­ra com­pren­der tan­tos can­sa­dos mi­le­nios de bru­ta­li­dad, uti­li­za­ción, an­tro­po­fa­gia, cruel­dad, y to­da­vía in­com­pren­si­ble irri­ta­ción.

Des­de mi me­sa, in­ten­té cor­du­ra: -Si les das una mi­gui­tas, en una de ésas co­men jun­tas… -¡Ni en pe­do!- fue la res­pues­ta. Un pe­rro ca­lle­je­ro ne­gruz­co, aca­so con al­gún an­te­pa­sa­do re­mo­to de ove­je­ro ale­mán, tam­bién con­cu­rrió a la ci­ta. No fue en bus­ca de ali­men­to, pe­ro le de­di­có a la chi­ca una mi­ra­da car­ga­da de com­pren­sión. Co­mo si hu­bie­ra cap­ta­do que esa mo­na con ha­bi­li­da­des nue­vas era un ejem­plar fa­lli­do y se con­do­lie­ra de ella. Co­mo si una vis­ta in­me­mo­rial le per­mi­tie­ra com­pren­der tan­tos can­sa­dos mi­le­nios de bru­ta­li­dad, uti­li­za­ción, an­tro­po­fa­gia, cruel­dad, y to­da­vía in­com­pren­si­ble irri­ta­ción.

 

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Ciudades

03/05/15

Escenas de la vida a contraturno

Por Javier Lamónica*

La vida nocturna es como ciertas ciudades balnearias después de marzo. Una vuelta a la calma, una soledad poética recorre las calles una vez que el malón diurno se retira para disfrutar su (¿merecido?) descanso.

Es cierto que nuestra ciudad, Buenos Aires, ofrece una inagotable variedad de opciones culturales y culinarias que hacen de la noche uno de los momentos más esperados del día, pero basta con recorrer ciertos barrios luego de que el sol se haya ido para darnos cuenta de que algo ha pasado.

Se trata –más bien– de una mudanza, un desalojo voluntario que convierte a la ciudad en una especie de escenario de nuevas historias, donde los actores de contraturno despliegan su talento para reconstruir las formas del paisaje cotidiano.

La limpieza arranca por el patio trasero. Los últimos rezagados pueden advertir el cambio. Todo se transforma (dice Drexler). El centro, productivo y ruidoso hace algunos instantes, se vuelve periferia, una oscura y desolada galería. El avance es lento, constante.

No son caballos los que tiran del carro. Todos lo sabemos: la tracción a sangre ha sido prohibida hace ya muchos años. El trabajo se hace difícil. No hay tiempo (ni ganas) de organizar las sobras. Dice el proverbio que “cuando los gatos duermen, los ratones se divierten”. Y en este caso no se trata de una metáfora.

La competencia por la basura urbana nos enfrenta a una realidad que supera tristemente las características del grotesco. La lucha por la supervivencia se juega en cada esquina, en tanto, el público local parece no notar la complejidad del despliegue escénico. Otros animales ingresan al juego. No son caballos, tampoco hombres.

Mientras los roedores se disputan lo que queda del día, un fueguito improvisado da vida al fogón urbano que ilumina el encuentro callejero de cientos de olvidados. Un viejo puente hace de refugio (las puertas de las plazas ya fueron cerradas). Nadie pregunta qué tiene el guiso, está caliente y llena el estómago.

Alguno de estos personajes, que –afortunadamente– ha perdido el juicio hace ya mucho tiempo, ameniza la velada con relatos de guerras pasadas, de las que asegura haber sido parte, e increíbles anécdotas de sus tiempos de galán. (Aún recuerdo al “Viejo Matías” –que no es el de Heredia– limpiando con su camisa morada las veredas de Congreso, al grito de “¡Cuerpo a tierra!” y a María “la de los baldes”, con su colección de objetos perdidos, mudando su pobreza de esquina a esquina, como quien cambia los muebles de lugar).

Desde un puestito de flores vuela un tango, que adornado por los ladridos de los perros, se hace eco en los rincones dormidos del barrio. A lo lejos, unas cuantas hojas de diario bailan, arremolinadas, una danza misteriosa que las deja siempre en el mismo lugar. Un rezagado pasea su borrachera ante la curiosa mirada de un grupo de chicos que interrumpen el grafiti para observar el simpático espectáculo.

La vida a contraturno está llegando a su fin. Se trata, más bien, de una mudanza, un desalojo voluntario que convierte a la Ciudad en una especie de escenario de nuevas historias, donde los actores principales despliegan su talento para destruir las formas del paisaje cotidiano.

La transformación arranca por el patio trasero. Los últimos rezagados pueden advertir el cambio. El centro, oscuro y desolado hace algunos instantes se vuelve productivo y ruidoso. El avance es lento, constante.

Las primeras luces espantan a la fauna nocturna. La retirada es sutil y silenciosa. La Ciudad ha despertado, otros duermen.

* Escritor y ensayista. Profesor de Historia (UBA), especialista en Gestión Educativa (Universidad de San Andrés) e Integrante de la Red de Investigadores sobre vínculos en la Escuela (Ministerio de Educación de la Nación).

 

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03.05.2015

Juan Bedoian

juanbedoian@clarin.com

El humano don de la solidaridad

He vis­to có­mo una ni­ña y su ma­dre re­vol­vían un ta­cho de ba­su­ra a la una de la ma­ña­na en el ba­rrio Pa­ler­mo Vie­jo. La luz bri­llan­te de la lu­na di­bu­ja­ba por mo­men­tos el ros­tro de la chi­ca: en su mi­ra­da ha­bía al­go re­mo­to y des­di­cha­do. Una ve­ci­na se acer­có con un pa­que­te y se los en­tre­gó; ma­dre e hi­ja se rie­ron con ga­nas cuan­do lo abrie­ron. No vi lo que ha­bía, pe­ro sí vi otra co­sa que for­ma par­te del ca­rác­ter ar­gen­tino: la so­li­da­ri­dad. Ha­bía allí, en esas tres mu­je­res, un com­pen­dio de las in­jus­ti­cias y bon­da­des que ha­bi­tan en es­te mun­do de­sigual, un re­su­men de esos enig­mas de la exis­ten­cia que ani­man al es­pí­ri­tu hu­mano des­de siem­pre: la ne­ce­si­dad y la ge­ne­ro­si­dad. El epi­so­dio era co­mún, pe­ro te­nía el en­can­to de esas es­ce­nas ca­lle­je­ras que de vez en cuan­do te re­con­ci­lian con la vi­da. Aho­ra que es­cri­bo es­to, pien­so que esa so­li­da­ri­dad exis­te, pe­ro ¿de ver­dad era una es­ce­na co­mún o más bien in­fre­cuen­te en las gran­des ciu­da­des? La agre­si­vi­dad, la an­ti­pa­tía, la in­di­fe­ren­cia y el in­di­vi­dua­lis­mo apes­tan y con­vi­ven en Bue­nos Ai­res con el afec­to, la hon­ra­dez, la dig­ni­dad y el in­te­rés por los de­más. Co­mo no ten­go un por­cen­ta­je so­bre es­tas ten­den­cias, pre­fie­ro guar­dar en los ar­chi­vos de mi me­mo­ria el ges­to de la ve­ci­na y la ri­sa de la chi­ca. Es­toy se­gu­ro de que ayu­dar al otro que tie­ne me­nos es al­go que aún exis­te en Ar­gen­ti­na o en Bul­ga­ria, por­que for­ma par­te de la con­di­ción hu­ma­na. Y doy por des­con­ta­do que a las 200 mul­ti­na­cio­na­les com­pac­tas, ce­rra­das y anó­ni­mas que ma­ne­jan el po­der en el pla­ne­ta esa so­li­da­ri­dad les im­por­ta un ca­ra­jo.


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