Clarin.com  28/08/15 

Ciencia, magia y realidad

El editor al lector  Silvia Fesquet  sfesquetclarin.com

Exactamente un día como hoy, 28 de agosto, pero de 1945, nacía Clarín. Más allá de las noticias que consignaba, esa primera edición daba cuenta, sobre todo, de un mundo que, hoy, en muchos aspectos, nos parece tan lejano como lejanos, o de ciencia ficción, hubieran parecido entonces tantos inventos, avances y desarrollos que en nuestra cotidianeidad ya damos por sentado y que, incluso, hasta nos parecen completamente obsoletos, como el telex o el VHS. A lo largo de estos 70 años vimos surgir desde el celular e Internet, hasta la fecundación in vitro y las misiones tripuladas al espacio pasando por el cajero automático y el horno a microondas. Como sabemos, la lista es casi infinita. Y si bien la historia del hombre es la historia de la evolución, no son pocos los que se atreven a aventurar que en los próximos 20 años, el mundo cambiará más de lo que lo ha hecho en los pasados cinco mil.

Desde siempre, a lo largo de los siglos y las geografías, intentar predecir el futuro, o tratar de develar qué nos depararían los tiempos por venir, ha sido fuente de constante desvelo para el hombre. En muchos casos, las respuestas fueron ampliamente superadas por los acontecimientos. Otras veces, incluso felizmente, se trató de anticipaciones que no llegaron a concretarse. Refiriéndose al trabajo científico, el británico Sir Arthur Clarke, escritor y científico él mismo, pone las cosas en su punto justo cuando afirma: “Lo mejor que se puede hacer es perfilar todo el espectro de los posibles futuros y atribuir probabilidades a cada uno de ellos. Eso no es una predicción, sino una proyección o extrapolación, y entre ambas cosas existe una profunda diferencia que a muchas personas les resulta difícil de entender”. Pero también sostiene, quizás más poéticamente, aunque con igual contundencia y sentido común, que “cualquier tecnología suficientemente avanzada no se diferencia de la magia”.

A lo largo de las páginas del Suplemento especial que acompaña la edición de Clarín de hoy, Las ideas que nos cambiarán la vida en los próximos 50 años, las palabras y las voces de los más reconocidos expertos –varios Premios Nobel entre ellos–, de disciplinas tan variadas como robótica, física, ingeniería, genética, innovación social, entre otras, pertenecientes a las instituciones pioneras en la investigación y el desarrollo de proyectos, se adentran en la descripción del mundo que nos espera en las próximas décadas. Algunos de estos avances están ya en fase de aplicación real; otros, apenas a la vuelta de la esquina; para algunos más será necesario esperar todavía un tiempo. Muchos nos parecen hoy más cercanos a la ficción, o a lo mágico de que hablaba Clarke, que pertenecientes al reino de esta tierra, planteando incluso desafíos de todo orden. En medio de tantas proyecciones, vale la pena rescatar un concepto lanzado por David Gelernter, del Departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad de Yale: “Lo más importante que disfrutamos es la gente hermosa e interesante; las cosas y las experiencias. Todo esto será igual dentro de 50 y de 500 años. Serán las personas, y no las máquinas, quienes le darán forma a una sociedad humana”. Que así sea.

 

El linaje de los gatos genuinos

Clarín   28 Aug 2015

Cora Cané corabcane@gmail.com

Vaya a saber qué mente retorcida destruyó el aristocrático linaje del gato, adjudicando su nombre al mundo femenino ligero de cascos. El que fuera reverenciado en antiguas culturas, se convirtió en el saber popular en símbolo de la mujer liviana de sesos: “Es un gato” -señalan las lenguas karatecas. Y el gato de cuatro patas, orgulloso y señorial, siente que su dignidad ancestral es manoseada, mal opinada, revolcándosela en la mala leche de los malintencionados.

En las encuestas de la popularidad, ocupan el primer puesto el gato y el perro. Son el Boca-Ríver de la zoología doméstica. Pero al perro no se lo ha estigmatizado. Nadie dice: “Es un perro”, adjudicándole libertades indecorosas. De él dicen cosas como “seguidor como perro de sulky”; “a otro perro con ese hueso”; “perro que ladra no muerde”; y hasta tiene su día: 2 de junio.

El gato, a lo largo de su historia, tuvo grandes privilegios. Lo veneraron algunos cultos, como a la vaca sagrada de la India. Fue heredero de señoras millonarias, como lady Brithon, que legó su fortuna a su gato Philips, borrando de un plumazo a los descendientes de la finada. Hasta tuvo el título nobiliario de Milord Cat que se lo compró su dueño, lord Whittington, fundador de la Bolsa de Londres.

La mirada del gato siempre parece estar juzgando a los humanos, como si fuera una especie en extinción, porque no la pega una. Al gato de dos piernas la ignora, orgulloso y altivo.

Y, además, no tiene el “Día del Gato”, para evitar confusas interpretaciones.

 

Clarin.com

Opinión    29/08/15

Duelo de cartas con el Diablo

pasiones argentinas

Fernando Sendra

Con tal de no estar solo, jugaría a las cartas con el Diablo. Yo sé que él es un tramposo, y que tiene el raro poder de persuadir, inducir y convencer. Pero yo también tengo lo mío. Podría jugar con él al tute, que me encanta, pero hacen falta una o dos personas más para jugarlo, y si hay un tercero, para qué necesito de compañía al Diablo.
El juego del truco es otra opción. El problema es que el Diablo es esencialmente mentiroso, y en un juego de mentir, como es el truco, el diablo debería fingir que no tiene nada, cuando tiene y que tiene mucho cuando no.
También podríamos jugar a la casita robada, un verdadero embole. No quisiera jugar a eso ni con el mismo Diablo. El chin-chon, o la escoba, son otras dos alternativas. Al chin-chon, no me preocupa la habilidad del Diablo, porque es más cuestión de suerte, de cómo a uno le vengan las cartas. Y a él, que no le gusta perder nunca, no aceptaría. En este punto, el diablo es muy cobarde.
En cambio, a la escoba me puede ganar mucho más fácil, por una cuestión de memoria y picardía. Yo soy hábil, pero seguro que el Diablo me supera. Mejor, a la escoba, no juego. Ahí, arrugo yo.
Es complicado jugar a las cartas con el Diablo. Por eso cuando estoy solo, muy solo, escribo.
Y cuando escribo, yo soy el que inventa el juego, el que da las cartas y el que las recibe.
Cuando escribo digo toda la verdad, y al mismo tiempo, miento.
Porque cuando escribo estoy solo, muy solo, y nunca sé si soy yo … o soy el Diablo.

Fernando Sendra

fernandosendra@clarin.com

 

Clarin.com

Opinión   30/08/15

Así no se trata a las mujeres

Juan Bedoian pasiones argentinas

Difundida en los medios, la imagen del empresario Fernando Farré tirado en el piso luego de asesinar a puñaladas a su esposa hace unos días, dice muchísimo más que los rastros de sangre en su cara. Esa expresión cuenta cosas que, inexorablemente, exceden la crónica policial, van más allá de la idea del crimen pasional: en el rostro de ese hombre cabe una larguísima historia de prejuicios y violencia, siglos de estigmatización de las mujeres y centurias de tradiciones viriles que, aún hoy, se prolongan en este perro mundo.
Cómo es posible que, a pesar de los importantísimos avances logrados, las mujeres sigan, en muchos lugares de este planeta, recorriendo un largo camino atestado de marginaciones y continúen librando una batalla cultural contra el antiguo dictamen: la biología de una mujer es su destino. Ocho siglos AC un proverbio oriental decía: “Cada tanto, dar una paliza a una mujer es algo saludable. Si tú no sabes por qué, ella lo sabe”. Muchas cosas han cambiado desde esos tiempos bárbaros de sumisión y desprecio, y las mujeres han ganado protagonismo y respeto. Pero en el rostro patético de Farré, hoy también cabe esta cifra: durante 2014, más de 270 mujeres fueron asesinadas en Argentina por la violencia de género.
Como siguen existiendo bestias que las maltratan, quizá sirva de consuelo citar una frase de la filósofa española Amelia Valcárcel: “Las mujeres somos frágiles, pero no es fácil acabar con nosotras porque lo que tenemos lo tiene todo el mundo y todo el mundo lo ama”.

Juan Bedoian   jbedoian@clarin.com

 

El regreso de las barbas

Clarín   1 Sep 2015

Miguel Jurado mjurado@clarin.com

Lucas se dejó la barba. No tenía proyecto, sólo quería cambiar de look. En cuatro semanas pasó de una barba corta aceptable, de esas que dominaron la última década, a un matorral confuso, fuera de catálogo.

Su mujer, sus hijas y amigos comenzaron a repudiarlo. Lucas intentó darle forma a la barba con unas afeitadas por arriba y otras por abajo. Después se dedicó a recortar un poco la mata con peine y tijera. Desastre.

Se propuso acudir a un especialista. Buscó en Internet, buscó en revistas, consultó a amigos de amigos. No se decidió por ninguna peluquería. Un día, en un bar, el barbado de la caja le dio una tarjeta: Club de Barbas.

Lucas entendió que había llegado al lugar indicado cuando vio que estaba lleno de barbudos. Algunos con novia sacando fotos, otros solos y serios, todos con celu o compu. Sonaba fuerte música country.

A su turno, el barbero lo inspeccionó circunspecto. Le pidió que levantara el mentón y explotó, con la pasión del que sabe. “¡No, no, no! Si te rasuras así el cuello, la barba te queda como una careta”. Se acercó y en voz baja le advirtió: “Arriba, la parte de arriba de la barba no se afeita, es como cortarse un brazo. Se deja natural”. Después preguntó cómo la iba a usar: French Fork, Fucktail, Van Dyke, Imperial, Bandholz, Duch, Garibaldi, Verdi y una decena de estilos más que Lucas apenas escuchó. “Como la tuya”, atinó a decir. El trabajo fue perfecto y parece que funciona. Ayer, Lucas se cruzó con Tito, dueño de una gran barba Hipster que lleva más de dos años, y recibió como saludo un guiño cómplice.

 

Clarin.com  Opinión  02/09/15

Prejuicios que nos desnudan

Hernán Firpo,

pasiones argentinas  Hernán Firpo  hfirpo@clarin.com

1) La minita alta en la cola del bondi es una modelo que todavía no salió de la academia de Tini de Bucourt. Uno la imagina caminado por la pasarela. La imagina poniéndose los brazos en jarra. La imagina en traje de baño. Uno se acerca y ella primero lo mira raro (a uno), pero después dice: “No, nada qué ver, soy psicóloga recibida en la UBA”.

2) El pibe que camina por el hall de Constitución con la gorrita de béisbol y los pantalones de gimnasia. Uno acá no ve el renacer de la gorra como complemento trendy, sino la caricatura del miedo: el corazón late y la mano es un acto reflejo que tapa la mochila. El pibe pasa. Uno lo ve pasar como una neblina y se le acerca. El pibe primero mira raro, pero después responde que está apurado porque trabaja como cadete en una empresa de planes privados de salud.

3) Este es un negro azulado sin maletín. Uno le busca el maletín porque supone que el negro azulado -nacido en Senegal- probablemente venda relojes dorados. Uno se le acerca y el negro lo mira raro (a uno) pero después dice: “No, yo soy hijo de colombianos, trabajo en un restorán y vivo en la Argentina desde que tengo dos años”.

4) Sabremos más: la modelo fuma cigarrillos, pero no es una fumadora. El pibe de la gorrita come alfajores, pero no es obeso. El negro azulado toma malbec en las cenas, pero no es alcohólico. La modelo duerme mucho, dice, pero no es depresiva. El pibe de gorrito tiene un montón de amigos en Facebook, pero no es Roberto Carlos. El negro canta boleros, pero no es Luis Miguel.

 

Clarin.com

Opinión   04/09/15

El cajón ideal para los asados

Leonardo Torresi,

pasiones argentinas

Leonardo Torresi

Lo mejor para hacer en el conurbano feroz es conseguir cajones para hacer el asado, esa rotunda e indisputada pasión nacional. Hay que agarrarlos cuando uno viene de cualquier parte caminando o puede parar el auto también, y aprovecha. Es emotivo porque de golpe el cajón aparece. Otras veces se anticipa como un espejismo o ya una certeza para el ojo entrenado. La faena tiene el agregado del furtivismo si en la intención el captor se deja alterar por la duda: ¿el cajón está tirado para agarrarlo o lo dejaron para que alguien lo pase a buscar y lo reponga lleno? Pero en la noche del conurbano feroz, listo. Si era para que se lo llevara otro, a mí no me viste.
A lo mejor estos cajones representan algo más complejo. El preanuncio de la fiesta bovina, como la fiesta igualitaria de la víspera: todos, al cabo, estamos esperando algo.
De vuelta a la existencia material, constructivamente son hermosos; elegantes de estructura, con las maderas vulnerables de la base y los laterales. Levedad y rock. Como las mariposas. Demasiado acabados para morir tan rápido. Más compactos, los cajones de la verdulería están concebidos para el trajín. Y las poesías que tienen impresas, con los nombres de las huertas o la identificación de la naves del Mercado Central, verdaderamente merecen perdurar.
Pero los que sirven de verdad son los que sacan a la calle las granjas de pollo. La grasa que pegotea los restos de nailon también unta las maderas, las penetra, optimizando de esta manera la futura combustión. Esos son los mejores.

Leonardo Torresi

ltorresi@clarin.com

 

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Opinión   05/09/15

El invierno se va, pero deja huellas

Horacio Convertini pasiones argentinas

Horacio Convertini

hconvertini@clarin.com

Son las 20 y, aunque el invierno ya se despide, el frío aprieta. El hombre camina por una calle de Constitución cuando repara primero en el fulgor amarillento y luego en el olor a madera quemada. Un grupo de personas, entre colchones y demás cosas que él no alcanza a distinguir porque le da pudor mirar demasiado, se prepara para pasar la noche. Es a cuatro cuadras de la estación de tren y a dos cuadras de un polo gastronómico que crece con restaurantes de autor que tienen buen puntaje en las guías de la Web. Se pregunta si ese fuego hecho con una pirámide de maderitas servirá para algo, qué comida calentará, si combatirá el rigor de la intemperie. Ocho grados, piensa, ocho grados y bajando, y entierra sus manos en la campera de pluma que le regalaron para el Día del Padre. El hombre toma el 39 en dirección al Centro, mira por la ventanilla. Descubre figuras grises que no van a ningún lado en la Ciudad que se apaga. Caminan lento, parecen buscar abrigo en las sombras, fundirse en ellas. Se baja en Hipólito Yrigoyen y Salta, se encuentra con unos amigos en un bar, toma una cerveza, compra un hermoso libro firmado por su autora, camina hacia Avenida de Mayo para volver a casa en el 7. Otro fulgor de madera quemada. Es frente a la Plaza de los Dos Congresos. Ve colchones y mantas y una mujer que se le queja a alguien mientras arma el campamento.
Recuerda la polémica de un tiempo atrás en las tapas de los diarios. Cuántos son: si muchos, si pocos. Suficientes, piensa, mientras se aleja sintiendo que el frío aprieta, ahora más que nunca.

 

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Ciudades  05/09/15

Fotofobia

Se me hace cuento.

Fotofobia,

por  Marcelo Birmajer

"Sonreí para la foto. ¿Por qué debo sonreír? En rigor, ya el hecho de que me saquen una foto me quita las ganas de sonreír", se quejaba mi amigo Meier. "Tal vez estoy almorzando, un asado; y repentinamente, a un zopenco se le ocurre: Pónganse para la foto. No falta el atolondrado que se levanta con brusquedad y te tira el vaso de vino. Pero lo peor es: júntense, así salen todos. El contacto con otros seres humanos es insoportable. ¡Para una foto! ¿Pero quién piensan que soy, Kempes? Lo único que me gustaba de la primaria era tomar distancia: mantener un metro respecto de todas las demás personas. Las fotos caseras no registran la vida: la interrumpen. De todos modos, cuando me casé con Adela, supe que debería conceder. Los dos veníamos de matrimonios anteriores y habíamos aprendido que la armonía consiste en molestarse uno al otro en proporciones equilibradas. Cuando comenzamos nuestro noviazgo, dos recientes separados, Adela me sacaba fotos prácticamente en cada salida. Yo la dejaba hacer, porque sabía que con el tiempo su interés por mí menguaría. Pero cuando comenzamos a convivir apareció el asunto de las selfies; y las fotos se multiplicaron. Casi no había ocasión que Adela no considerara adecuada para retratar. Te confieso: mi matrimonio con Paquita fue un desastre, aunque en lo que realmente importaba, siempre fue muy intensa. Pero era imposible en todo lo demás; antipática, ciclotímica. En cualquier caso, le dejé todo y sólo me quedé con la impresora. Por aquel entonces, la impresora para mí era fundamental: imprimía los balances, la entrada y salida de mercadería. Ahora ya ni la uso. Pero Adela usaba la impresora para imprimir las selfies. Irónicamente, fue mi gran aporte a nuestra convivencia con Adela y el único legado de mi matrimonio anterior. Pero, igual que a Paquita, nunca entendí a la impresora. Preparaba el texto en pantalla, le daba ok a imprimir, y no pasaba nada. Me desesperaba. Me fijaba que todo estuviera bien, y no funcionaba. Me rendía, me iba a preparar un mate, y de pronto estaba imprimiendo. Como si se burlara de mí. Otras veces imprimía, y no paraba. Cuatro, cinco copias, de un documento de veinte páginas. Yo le apretaba el botón de parar, y seguía imprimiendo. La desenchufaba; pero si la prendía nuevamente, seguía con las copias del mismo documento que nadie le había pedido. Era un gastadero de tinta y papel. A veces tardaba horas en comenzar a imprimir, pero mucho más tardaba en detenerse. Podías pasar un mes sin usarla, y cuando la volvías a enchufar, seguía con las quince copias de un documento del que sólo habías mandado imprimir una. Adela la sabía usar, como si las dos fueran femeninas y se comprendieran. Selfie que me incluía, selfie que imprimía. ¿Vos viste lo que es mi cara, mi aspecto, mi postura corporal? ¿Quién puede querer tener una foto mía? Adela realmente me quería. Esa tarde de septiembre, hace ya un año, teníamos que salir para una fiesta, yo no encontraba mis zapatos, y ella se saca una selfie a mi lado; no pude aguantar la irritación y le dije que me dejara de escorchar. ¡Para qué! Que yo era un desagradecido, que si no me prestara importancia ahí sí sabría lo que es sufrir, que ella sólo quería registrar nuestros momentos juntos porque apreciaba cada instante, que yo en realidad no soportaba ser querido, que prefería la incertidumbre... Le pedí perdón, le dije que no buscaría más los zapatos, que iría descalzo a la fiesta, que me sacara todas las fotos que quisiera, incluso una colonoscopía. Pero su enojo no remitía. Me saqué una selfie con ella. Le pedí por favor que sonriera. Me arrepentí sinceramente. Una sonrisa tan bella, y yo la había arruinado. En el colmo de la reparación, le dije que yo mismo me encargaría de imprimir las selfies. Sin esperar a que asintiera, me marché junto a la impresora y le di imprimir a la selfie que me acababa de sacar con Adela. Por supuesto, la máquina se empacó. Pero Adela valoró mi gesto. Me dio un beso y me dijo que podíamos ir, me puse las zapatillas; entonces escuchamos que la impresora comenzaba a funcionar y Adela lo tomó como un gesto del renacimiento de nuestro romance. Salió la primera copia de nuestra selfie, y luego otra más, y otra, y apareció una foto anterior. Una con Paquita, los dos en una situación muy poco compartible. Era una foto de la época de nuestro matrimonio, antes de conocer a Adela, y yo no había vuelto a ver a Paquita; pero ahí estábamos los dos, como Dios nos trajo al mundo, en esa posición inenarrable. Yo siempre he estado en contra de la expresión de que una imagen vale más que mil palabras. Pero en ese caso, de todos modos, hice silencio. Adela me dijo que cuando regresara, no quería verme en casa. Con mucha calma, agregó que me llevara la impresora. Y acá me tenés: en este cuchitril, la pava, el mate, el catre y la impresora".

–¿Pero cómo llegó esa foto a la impresora?–

Súbitamente, la impresora se encendió.

 

Clarin.com  Sociedad  06/05/15

Miguel Jurado   mjurado@gmail.com

¡No te me acerques!: el espacio personal a la hora de diseñar

Tres dimensiones. La distancia tolerable entre las personas cambia según la cultura y la actividad: dar una charla es distinto a ir en ascensor.

El problema con Guille era que siempre te hablaba muy cerca. No tenía mal aliento o feo olor, pero te ponía la cara tan cerca de la tuya que todo el tiempo estabas como tirándote para atrás. Por el contrario, cuando charlás con Leandro es como que se te escapa. Vos te acercás un poquito para conversar más cera y el tipo da un paso para el costado. Vos sentís que estás muy lejos, te volvés a acercar y él vuelve a alejarse. Terminás dando vueltas como si estuvieras bailando un vals.

Hace poco descubrí que la razón de estos comportamientos es que a cada uno de nosotros está rodeado por una especie de burbuja invisible que determina la distancia ideal que podemos mantener con otra gente sin sentirnos invadidos o demasiado distantes. Y resulta que la burbuja de Guille es mucho más chica que la mía y la de Leandro, mucho más grande.

El primero en hablar esta suerte de límite subjetivo que influye en el comportamiento de mis amigos y de toda la gente fue el antropólogo estadounidense Edward Hall en 1966. En su libro La dimensión oculta, describe cuatro categorías de espacios:

1. El íntimo (de aproximadamente 46 centímetros alrededor nuestro), reservado para amantes, chicos, familiares cercanos, amigos y mascotas.

2. El personal (entre los 46 centímetros y 1,20 metro), un espacio que se usa en conversaciones con amigos, para charlas con compañeros de trabajo o para grupos de discusión entre gente conocida.

3. El espacio social (de 1,20 a 2,40 m) está reservado para extraños, nuevas relaciones y gente de grupos que recién formamos.

4. El espacio público (más allá de los 2,4 m) queda destinado a las grandes audiencias, para actividades como discursos, conferencias o teatro.

Evidentemente, el espacio personal de Guille debía ser de menos de 46 centímetros, por eso se acercaba tanto que terminaba metido en mi espacio íntimo. Y el espacio de Leandro debía ser mayor a 1,20 metros, por eso él sentía que yo lo invadía.

En eso, Hall fue muy claro: el espacio personal delimita nuestra zona de confort y seguridad psíquica, pero es muy difícil de medir. Cambia según las experiencias personales, la cultura, la época, las edades y las clases sociales. En Occidente, por ejemplo, los estudios de Hall establecieron que el espacio personal promedio se extiende 60 centímetros a cada lado del cuerpo, 70 centímetros por delante y 40 centímetros por detrás. Pero en la cultura latina, los espacios personales son más reducidos: invitan a encuentros de mayor intimidad. Y en otras, como la anglosajona, son mayores, produciendo contactos más distantes.

También hay diferencias sociales: la gente rica, por caso, tiene mayores expectativas acerca del tamaño de sus espacios personales que la gente pobre que vive hacinada. Del mismo modo, en grandes ciudades como Buenos Aires, el espacio personal tiende a ser menor que en el campo.

En condiciones límite, la gente hace excepciones al interés de sus espacios personales. Si no, no se podría vivir. Viajar en subte, subir a un ascensor repleto, ir a un recital o participar de una manifestación requiere de algunos renunciamientos. En esos casos, la gente responde de distintas maneras. Si se trata de diversión, puede que acepte el disconfort pensando que es sólo un mal menor y pasajero. Pero con el trasporte es distinto.

Para el psicólogo estadounidense Robert Sommer la gente soporta las aglomeraciones en el subte, el colectivo o el ascensor mediante la deshumanización del prójimo. Es decir, considerando al resto de los pasajeros como objetos y no como personas que invaden su espacio íntimo. Será por eso que en el subte todos ponemos cara de mueble.

El asunto es que todo este tema de la distancia entre las personas determina comportamientos que influyen a la hora de diseñar y equipar edificios. Por ejemplo, los experimentos sobre comunicación humana demostraron que para conversar, la gente prefiere sentarse frente a frente en lugar de una al lado de la otra. Vos dirás: obvio, de esa manera pueden verse las caras. Sí, puede ser, pero los mismos estudios detectaron que si la distancia entre individuos se incrementa, ellos elegirán sentarse uno al lado del otro, aún en condiciones acústicas óptimas. Es decir, tendemos a mantenernos dentro de los límites de nuestro espacio personal.

Otro dato: el tamaño del cuarto también influye en la distancia de conversación. En cuartos más pequeños, la gente tiende a sentarse más cerca. Como hace mi amigo Guille.

* Editor Adjunto ARQ

 

 

Recuperados para la gente

Pasiones argentinas  www.clarin.com  08.05.2015

por  Al­ber­to Ama­to   al­be­ra­ma­to@gmail.com

El pri­mer ci­ne que co­no­cí en mi vi­da fue el Gran Ri­va­da­via. Mis pa­dres car­ga­ban con mi her­mano y con­mi­go un sá­ba­do por mes, o ca­da dos me­ses, en aque­lla Argen­ti­na de los años 50 que se abría flo­re­cien­te y cul­ta pa­ra los obre­ros y sus hijos. Allí me lle­va­ron una no­che a ver Ri­car­do III, con sir Lau­ren­ce Oli­vier. Yo no al­za­ba cua­tro pal­mos del sue­lo. No en­ten­dí mu­cho. Pe­ro me que­dó gra­ba­do el grito co­bar­de del rey de­for­me en su ba­ta­lla fi­nal: “¡Mi reino por un ca­ba­llo!”. Al regre­so, en la pa­ra­da del tran­vía 2, mi her­mano ma­yor enar­bo­ló otra fra­se histórica: “¡Mi reino por dos hue­vos fri­tos!”

El Gran Ri­va­da­via era el ci­ne pa­que­te de la zo­na. No te­nía la sim­ple­za ran­cia y vetus­ta de los otros, don­de ce­le­brá­ba­mos a gri­tos la lle­ga­da siem­pre opor­tu­na del 7mo. de Ca­ba­lle­ría.

En Juan Bau­tis­ta Al­ber­di es­ta­ba el “El Pla­ta”. Aque­llo era otra co­sa. Por la tar­de alber­ga­ba a los chi­cos ávi­dos de va­que­ros, de­tec­ti­ves y chi­cas bo­ni­tas. Por la noche, se en­ga­la­na­ba con otros tí­tu­los ex­clu­si­vos pa­ra la gen­te gran­de. Fue allí don­de Humph­rey Bo­gart le di­jo a la be­lla In­grid Berg­man: “Siem­pre nos que­da­rá Pa­rís”.

Dis­cul­pen la re­fe­ren­cia per­so­nal. Es­cri­bo con el co­ra­zón abier­to por­que los dos cines aca­ban de ser re­cu­pe­ra­dos pa­ra su gen­te. ¿Quién di­jo que no hay bue­nas no­ti­cias? Los ci­nes es­tán po­bla­dos de fan­tas­mas, to­dos en ci­ne­mas­co­pe y technico­lor. Son es­pí­ri­tus bue­nos que ha­blan siem­pre de pe­lí­cu­las con nuestros pa­dres.

El “Gran Ri­va­da­via” y “El Pla­ta” vuel­ven al rue­do. Aho­ra van a ver lo que es bueno.

 

Lo que el viento se está llevando

Clarín  10 May 2015 www.clarin.com

Juan Bedoian  juanbedoian@clarin.com

Esto también está sucediendo aquí, ahora: las palabras están siendo arrojadas en el basural del nuevo milenio. Las están dejando arrumbadas junto a los faxes, los casetes, los CDs o las cámaras fotográficas con rollo, despojadas de sentido, vacías de pensamiento. Las que sobreviven se refugian en los libros que acaso terminen en ese basu- ral o circulan veloces por los nuevos formatos. Ahora se cuenta la vida, la muerte, la pasión o la alegría en un tuit de 140 caracteres, con un simple click en “Me gusta” en Facebook o un breve mensaje en el celular.

También esto está aconteciendo aquí y ahora: nunca antes el planeta estuvo comunicado como hoy, en ningún tiempo el conocimiento se multiplicó de tal manera y jamás se democratizó tanto la palabra y su acceso multitudinario a la gente. Con la velocidad de un rayo, ahora los mensajes de las redes sociales pueden pulverizar una tiranía en Egipto y un mail te permite saludar a un amigo que vive en Moscú.

Aquí y ahora, los cambios tecnológicos traerán el bien o el mal. Millones se comunican y aprenden, y millones banalizan la escritura y el pensamiento. La pantalla muestra imágenes nunca vistas, y ese bombardeo se diluye en el espectáculo. Toda la historia está al alcance de la mano gracias a esa revolución tecnológica centrada en la información, pero hay menos tiempo para escuchar a las personas, conocer sus historias y dialogar con ellas.

Aún hoy, estamos hechos de palabras. No podemos darnos el lujo de que se las lleve el viento al basural del ciberespacio.

 

Letras cada vez más pequeñas

Clarín

12 May 2015

Berto González Montaner        bmontaner@clarin.com

Es un pecado tener más de cuarenta años. Se sabe, con las cuatro décadas llega casi en forma inevitable la presbicia. Y con ella, los textos con letras de cuerpo pequeño se hacen indescifrables. Me pasó en un reciente viaje por España. Lo primero que hacía cada vez que llegaba a una nueva ciudad, era pedir un mapa para recorrerla. Pero, ¿qué pasa? ¿Será que todos los diseñadores gráficos son jóvenes con visión perfecta? Imposible entender el nombre de los “sitios de interés”, de las calles o de las plazas. Y eso que la recorrida fue por España y las leyendas en español, un idioma que en principio domino.

No sólo los mapas de las ciudades sufren esta epidemia. Los tickets de las compras hechas con tarjetas, también. Cuando quiero rendirlas en la oficina cuesta saber si responden a un estacionamiento, una comida en un restaurante o a la carga de nafta en una estación de servicio.

Los extractos bancarios son otro calvario. Todo con la misma tipografía y tamaño (cuerpo le llaman los diseñadores gráficos), parecen impresos por aquellas ruidosas impresoras que ya nadie usa y fueron reemplazadas por las láser que venden en los supermercados. De tan mal ordenados que están, es imposible deducir si uno tiene deuda en pesos, dólares o está a cubierto.

Las boletas de servicios algo mejoraron, pero me pasa con el seguro del auto. Ante tanta pequeña desolación, me pregunto ... ¿qué debo hacer, llevar un bibliorato para poder mostrarle a un agente de tránsito que tengo los papeles en orden?

 

Esa frase que tanto nos gusta

Clarín

14 May 2015

Fabián Bosoer        fbosoer@clarin.com

Todos llevamos adentro un manantial de recuerdos difusos del que, en cualquier momento, puede surgir la sirena, el arlequín o duende que nos altere la rutina y nos regale un reencuentro con algún episodio o instante entrañable de nuestras vidas.

Nos pasa caminando por aquellas veredas por las que supimos corretear en nuestra infancia o adolescencia. O viajando en colectivo siguiendo el trayecto que nos llevaba al colegio o a la casa de un amigo; manejando por las calles que alguna vez fueron de adoquín y recorrimos en la bici, o al reconocer el edificio donde vivía alguna novia de antaño.

Se nos presenta en esos rostros que se nos quedaron fijados, vaya a saber porqué:  la señora del quiosco que nos vendía las figuritas y golosinas; el portero con el que comentábamos los resultados del partido; el mozo del bar de la esquina que nos preguntaba aquello de  "¿lo de siempre?"; el encargado del vestuario del club, seguro custodio de nuestras pertenencias; la dentista que nos hizo las primeras extracciones; o la vecina del "4º D" con la que solíamos cruzarnos en el ascensor.

Cada recorrido diario contiene ese arcón de recuerdos listo para abrirse con nuestra llave maestra. De repente, convocamos a esos duendes y se produce el hecho mágico, el recuerdo se encarna y propicia el reencuentro inesperado -la entrañable profesora, el viejo amigote al que le perdimos el rastro, aquella prima que hace tanto tiempo que no vemos-, y esa frase que refrenda la alegría del momento y nos hace tan bien, aunque no sea tan cierta:  "¡ Estás igual !"

 

 

Un perro con dos dueños

Clarín

18 May 2015

Fernando Sendra   fernandosendra@clarin.com

Yo, más o menos, tengo un perro. Es decir cuando lo tengo, lo tengo, y cuando no lo tengo, lo tiene mi vecino. Es un perro de la calle, buscavidas, que elige a su dueño de acuerdo a cómo venga el día. Yo soy más bien de sábado y domingo, que es cuando hago un asadito al mediodía; mi vecino, en cambio, es de la noche y los días de semana, pero tenemos la sospecha de que puede haber más implicados en el caso. Yo lo llamo “Azafrán” y mi vecino, “Ninja”: responde a los dos y a los dos nos da felicidad con su fidelidad incondicional, su trato fácil, su dulzura y su búsqueda de afecto. Y, además, su natural y permanente obsesión por la comida.

Me sorprendió apenas lo vi, por lo educado. Movía la cola y daba clarísimas señales de buscar acercamiento, pero sin traspasar el umbral del portón que, de par en par, estaba abierto. El no pasaba esa línea imaginaria sobre el suelo. Lo invité a entrar y pasó. Al llegar a la casa nuevamente, se detuvo como quien sabe distinguir el afuera y el adentro.

Nuevamente lo invité, entró encantado, y de a poco tomó la confianza necesaria para subir a los sillones, negarse a salir cuando no quiere, pedir cariños en grado de exigencia, hurtar comida que queda descuidada, espantar a otros perros que se acercan o correr a los gatos invasores.

Para que se entienda: se trata de un perro que sabe trabajar de perro. Anoche me pregunté qué pasará cuando “Azafrán” envejezca, cuando ya no esté tan ágil y contento. No lo sé, pero por ahora tengo buen perro y buen vecino. Soy más que millonario, estoy contento.

 

Lección para dejarse ayudar

Clarín

20 May 2015

Einat Rozenwasser    einatr@clarin.com

Un día del pasado verano, que aún resiste en el almanaque, fui a buscar mi bicicleta y tenía una cubierta desencastrada. El desencanto del paseo frustrado mutó en odio cuando me di cuenta de que la iba a tener que arrastrar quince cuadras hasta la bicicletería más cercana y el termómetro marcaba 35 mil grados a la sombra. A mitad de camino era un esperpento sudado y malhumorado, que repasaba la lista de quejas y lamentos de las chicas independientes. Como si me hubiera escuchado, un conductor frenó la chata y ofreció llevarme. Quise decir que sí, pero se encendió una placa roja con título catástrofe de note podes subir al auto de un extraño y le dije que no, que gracias, que iba acá nomás.

Entonces me acordé del cuento del hombre que en una inundación se refugia en un techo y rechaza el rescate de un bote, una lancha y un helicóptero porque, como es muy creyente, sabe que Dios lo va a salvar. Muere ahogado y al llegar al Cielo hace el reproche correspon- diente, ante lo que Dios le responde: “¿Y el bote y la lancha y el helicóptero?”

Me dio risa que el pensamiento me llevara a una figura en la que ni siquiera sé si creo y, como manda la ley de las causalidades, vi como otra camioneta aminoraba la marcha y al llegar a la esquina encendía la luz de giro. “Di la vuelta manzana para buscarte. ¿Estás loca? ¿Cómo te voy a dejar caminando con este calor”, insistió Diego.

Cinco minutos después la rueda estaba en su lugar, yo pedaleaba con el vientito en la cara y pensaba que, a veces, para que te ayuden hay que dejarse ayudar.

 

Los Jugadores y el Entrenador

"Todo depende de los jugadores, yo puedo darles instrucciones, pero ellos toman las decisiones importantes. Yo no puedo tomarlas desde mi asiento. La comunicación entre nosotros genera sinergias psicológicas que nos vienen muy bien. Muchas veces, en los tiempos muertos, me siento y les digo 'no tengo nada que deciros'. Ellos saben casi siempre lo que necesitan, lo que deben hacer, los jugadores más competitivos no pueden estar siempre recibiendo órdenes."
"yo no puedo coger un rebote, ni ver un hueco, ni dar un gran pase, eso lo hacen ellos, depende de ellos, y saben cómo trabajar, y dónde estar para lograrlo. Yo ayudo al equipo haciendo cambios y tiempos muertos. La responsabilidad es de los jugadores. Deben asumirla o nunca llegarán arriba, ser competitivos por ellos mismos.
Gregg Popovich

La importancia de caminar

Algunas personas sedentarias pasan más tiempo que otras reclinadas en sus sillas o sillones. Y esa diferencia podría ser la clave para determinar quién va a aumentar de peso y quién va a mantenerse esbelto

Los investigadores creen que no son los viajes al gimnasio, sino el ritmo de las actividades diarias lo que constituye el factor determinante para fijar el peso de cada persona. Los científicos hallaron que las personas obesas estudiadas se sentaban durante unos 150 minutos diarios más que las personas delgadas que participaron en el estudio. Ello implicaba que las primeras quemaban unas 350 calorías menos que las segundas

Si los sujetos con exceso de peso pudiesen adoptar la conducta de sus homólogos delgados, ello implicaría una pérdida de unos 15 kilos al año, dijo el estudio. Y, no sería necesario ir al gimnasio para conseguir esa rebaja de peso

Para mantener la figura no sólo sirven los ejercicios aeróbicos. Científicos estadounidenses afirman que el secreto radica en modificar las actividades cotidianas: subir escaleras en lugar de usar el elevador, lavar a mano los platos en lugar de usar el lavavajillas, caminar en lugar de ir en automóvil o autobús. El cuerpo quema calorías cuando marca un ritmo con los pies.

1 - Caminar quema calorías. Una persona que pesa aproximadamente 75 kilogramos y camina un kilómetro en 9 minutos, quemará un promedio de 550-800 calorías en una hora. Estas calorías son comparables a una comida regular

2 - Caminatas regulares aumentan tu ritmo metabólico. Una caminata cinco veces a la semana por 30 minutos a una intensidad de moderada a vigorosa aumenta tu ritmo metabólico. Este aumento en el metabolismo dura varias horas después del ejercicio, por lo que se continúa quemando calorías a una velocidad más rápida

3 - Una caminata puede actuar como supresor del apetito. Primero, esto se debe al aumento de la producción de una sustancia química llamada serotonina, la cual cuando alcanza cierta concentración en el cerebro suprime el apetito. Segundo, el caminar aumenta los niveles de una hormona llamada noradrenalina, que no solo aumenta el ritmo metabólico, sino que también inhibe el apetito

4 - Las caminatas aumentan tu tejido muscular. Caminatas regulares aumentan la proporción de peso músculo en todo el cuerpo. Mientras que un kilo de músculo es menor y más compacto que un kilo de grasa. Tu cuerpo lucirá más firme, liso y moderado

5 - Las caminatas reducen el factor de sobrealimentación. Muchas personas se sobrealimentan por razones que nada tiene que ver con el hambre, el stress, el aburrimiento, depresión, soledad, etc

6 - Las caminatas aumentan la autoestima. También dan una sensación de "bien estar"

7 - Caminar ayuda a acelerar el tiempo del tránsito intestinal. Algunas investigaciones y médicos creen que los ejercicios aeróbicos ayudan a que los alimentos permanezcan menos tiempo en el estómago y los intestinos

De la Revista Programas Médicos